“La historia de Somoza en Paraguay es un nudo incómodo de la memoria latinoamericana”

Este miércoles 17 de setiembre, al cumplirse 45 años del asesinato del ex dictador nicaragüense Anastasio Somoza en Paraguay, El Otro País compartirá en exclusiva el corto documental “Operativo Asunción 1980” de la periodista y realizadora Mónica Zub Centeno. En esta entrevista, ella explica cómo surgió su interés por el tema, primero en un libro y ahora en una película.

Ella es nicaragüense y a la vez paraguaya. Mónica Zub Centeno nació en la tierra de Rubén Darío, cuando su padre Roberto Zub Kurylowicz, sociólogo, escritor, historiador, conferencista y catedrático universitario paraguayo, estaba trabajando en Centroamérica, donde conoció a su esposa, la nicaragüense Isolina Centeno Ubeda y se estableció en Managua. Tras terminar su misión, Roberto e Isolina decidieron mudarse a Encarnación, Paraguay, con sus dos hijas, Marcella y Mónica.

A la menor, Mónica, le interesó especialmente cómo el dictador de su patria natal, Anastasio Somoza Debayle, tras ser derrocado y haber huido de su país, Nicaragua, había encontrado refugio en su patria adoptiva, protegido por el dictador paraguayo Alfredo Stroessner. Al concluir sus estudios de periodismo en la Universidad Nacional de Misiones (UNAM), en Posadas, Argentina, ella decidió realizar su tesis de licenciatura sobre la vida de Somoza en Paraguay y las circunstancias que acabaron con su vida el 17 de septiembre de 1980, con el ataque de un comando guerrillero que ingresó clandestinamente al país. Aquella tesis se convirtió finalmente en un libro, Somoza en Paraguay. Vida y muerte de un dictador, editado por El Lector en 2014 y también por la editorial Hispamer, en Nicaragüa.

Mónica vive actualmente en Encarnación. Es investigadora en el campo social en temáticas de frontera, trabajo y comercio, dictaduras, tierras mal-habidas y derechos humanos. Ha trabajado en radio y prensa escrita, enseña periodismo en la Universidad Católica en Itapúa y viene incursionando en la producción de audiovisuales. Al cumplirse 45 años del llamado “Somozaso”, ha elaborado una película documental, la que decidió estrenar para el libre acceso del público desde la plataforma de nuestro medio El Otro País.

Afiche del documental que se puede ver en esta página, desde el miércoles 17.

El filme estará disponible en nuestra página desde este miércoles 17.

En esta entrevista, Mónica nos cuenta detalles de la película.

—¿Qué te llevó a abordar el caso del refugio y luego el asesinato del exdictador Anastasio Somoza en Paraguay, primero en un libro y ahora en un video documental?

—La historia de Somoza en Paraguay es un nudo incómodo de la memoria latinoamericana: un dictador derrocado, rechazado en casi todo el continente, que encontró en Asunción un refugio que parecía infranqueable y terminó convertido en escenario de su muerte violenta.

Primero lo abordé como tesis de la carrera de Comunicación Social con enfasis en Periodismo de Investigación y desde el primer momento tuve el deseo de convertirlo en un libro, porque de esa manera la investigación realizada por más de dos años no quedaría guardada en una tesis de licenciatura y si podría darse a conocer a los amantes de la lectura y de la historia reciente.

El paso al audiovisual era el siguiente deseo. Poder darle otro formato, un formato que llegara a más personas ya que a través de las imágenes, las voces y los lugares hablan con una fuerza distinta. La idea siempre fue contar esta historia en todos los formatos posibles. ¿Quién sabe y algun productor de cine no se interesa y hacemos colaboración para una pelicula? (jajaja).

Las dos ediciones del libro «Somoza en Paraguay», en nuestro país y en Nicaragua. / Gentileza.

—Como una ciudadana nacida en Nicaragua y a la vez paraguaya, ¿qué sentimientos te provoca el hecho de que a Somoza se le haya dado refugio en este país y haya terminado aquí sus días?

—Es un sentimiento dual. Como nicaragüense, me duele que mi país haya sido marcado por décadas de una dinastía que lo saqueó y reprimió sin piedad, y que su último representante encontrara cobijo lejos de la justicia. Como paraguaya, me interpela que este suelo haya sido elegido como refugio de un dictador como Somoza, y que la sociedad haya tenido que cargar con esa sombra. Pero al mismo tiempo, desde mi pertenencia paraguaya, me genera incomodidad y preguntas: ¿qué dice de nosotros haberle dado techo a un hombre con semejante prontuario? Esa convivencia de identidades me obliga a no callar: la indignación se mezcla con la convicción de que la memoria es necesaria para honrar a las víctimas y para no normalizar nunca más la hospitalidad hacia la impunidad.

—El documental Operativo Asunción 1980, al cual los seguidores de El Otro País podrán acceder libremente desde este miércoles 17, ¿qué busca rescatar y expresar, a 45 años del denominado “somozaso”?

—Busca rescatar un capítulo que fue deliberadamente cubierto por un manto de silencio oficial. No solo la explosión del 17 de septiembre de 1980, sino también lo que vino después: el rastrillaje, la represión, el hostigamiento a opositores y extranjeros. A 45 años, la intención es abrir las ventanas de la memoria y mostrar cómo ese hecho sacudió las estructuras del stronismo y reveló las tensiones de un Paraguay que también estaba marcado por la dictadura.

—Cuéntanos qué fue lo más significativo de la realización de este documental.

—Lo más significativo fue el desafío de transformar la investigación ya plasmada en mi libro Somoza en Paraguay. Vida y muerte de un dictador (2014) en un guion audiovisual. No se trató de volver a contrastar versiones, porque esa etapa ya estaba hecha, sino de pensar cómo narrar y adecuar los hechos al lenguaje del documental. Eso implicó seleccionar qué contar, cómo dosificar la información, y sobre todo buscar imágenes complementarias que acompañaran la palabra escrita con fuerza visual. Fue una tarea de volver a mirar la historia, ahora con los ojos de la producción, y darle cuerpo en imágenes y sonidos a un hecho que marcó a toda una época.

—¿Cómo vivís a la distancia la situación política que hoy vive Nicaragua, tu país de nacimiento? ¿Qué diferencias o similitudes encontrás entre el régimen actual del exguerrillero Daniel Ortega con lo que era el régimen de los Somoza?

—Lo vivo con dolor e impotencia, porque desde la distancia se siente aún más la imposibilidad de incidir en la realidad de mi país de origen. Daniel Ortega terminó construyendo un régimen personalista que, además, amenaza con perpetuarse como una dinastía, ya que su esposa Rosario Murillo ocupa la vicepresidencia y sus hijos ejercen cargos claves, como Laureano Ortega, convertido en una especie de canciller “de facto”.

La represión, el control absoluto de las instituciones, el hostigamiento a opositores, el exilio forzado, la apropiación de bienes privados, el cierre de medios de comunicación y la persecución abierta a la Iglesia católica son elementos que recuerdan con crudeza a ambos regímenes. La diferencia radica en el contexto histórico: Somoza representaba abiertamente a una dinastía familiar sostenida por el poder militar, mientras que Ortega se escuda en un discurso vacío, que ya no representa la esperanza de cambio de 1979.

Sin embargo, lo que se repite en ambos casos es la raíz del autoritarismo: el abuso de poder, la negación de las libertades y la utilización del Estado como herramienta de control político y de enriquecimiento personal. Esa repetición histórica es lo que más duele, porque muestra cómo los pueblos pueden caer una y otra vez en regímenes que concentran el poder en manos de unos pocos.

Y si miramos el presente global, la preocupación se amplifica. Aunque en muchos países los regímenes militares ya no son la norma, han surgido gobiernos civiles que aplican las mismas prácticas de censura, represión y vulneración de derechos humanos. Son formas más sofisticadas de autoritarismo, que se disfrazan con elecciones amañadas, discursos populistas o aparente legalidad, pero que en la práctica silencian voces críticas, restringen la libertad de prensa y convierten al Estado en un instrumento de control social. Eso revela que el autoritarismo no necesita uniforme: puede instalarse bajo otras máscaras y seguir repitiendo, con diferentes rostros, la misma tragedia.

Mónica Zub Centeno, tras concluir estudios en la Universidad Complutense, en Madrid, España. / Gentileza