Los desaparecidos: La historia que desmiente a los defensores de la dictadura

A 37 años del golpe que derrocó al dictador Alfredo Stroessner, es llamativo que aparezcan intelectuales y políticos oficialistas que vuelven a reivindicar al régimen, como el politólogo José Duarte Penayo, hijo del expresidente Nicanor Duarte Frutos, despertando mucha indignación entre las víctimas. Este artículo, parte del libro “Tiranosaurio: Retrato periodístico de una dictadura”, de Andrés Colmán Gutiérrez (Servilibro y Ñe’e Raity, 2024) narra la búsqueda los huesos de los desaparecidos y los primeros hallazgos, en una cruzada dirigida por el médico Rogelio Goiburú. ¿Quién puede negarlo?

El drama de los desaparecidos fue uno de los asuntos más difíciles de abordar durante la década en que me tocó hacer periodismo en Última Hora, a partir de 1979, en plena época del régimen del general Alfredo Stroessner.

No, ese tema no—, decían los editores.

Era una cuestión tabú, muy sensible, que despertaba las reacciones represivas implacables del poder.

El stronismo, al igual que la mayoría de las dictaduras latinoamericanas, había adoptado la técnica de “hacer desaparecer” a sus opositores, prácticamente desde los primeros años del ejercicio del poder totalitario: personas que eran detenidas sin registro, torturadas y luego asesinadas.

Las acciones de “hacer desaparecer a los enemigos” empezó en la década del 60, cuando las guerrillas del Movimiento 14 de Mayo (M-14) y del Frente Unido de Liberación Nacional (FULNA) ingresaron a territorio paraguayo desde la Argentina, con la intención de derrocar al régimen del general Stroessner, pero fueron duramente repelidas y vencidas.

Los cadáveres de los capturados o acribillados eran arrojados al río o enterrados en anónimas fosas comunes, “sin cruces ni marcas”.

La técnica de las “desapariciones” se siguió aplicando contra muchos opositores molestos, principalmente hasta inicios de la década del 80.

Al no haber cuerpos, no hay evidencia del crimen.

Pero… la memoria no se puede apagar.

Las ideas no se pueden matar.

Las identidades de los desaparecidos empezaron a mostrarse cuestionadoras desde informes internacionales de derechos humanos y publicaciones clandestinas, cual fantasmas rebeldes que desmentían al supuesto paraíso de “orden y progreso” que intentaba vender la dictadura.

A mediados de los años 80, en la ciudad de Caaguazú, la activista Regina Garay viuda de Rodas, esposa del dirigente campesino Blas Rodas —también detenido desaparecido —, creó la Comisión de Familiares de Detenidos Desaparecidos y Asesinados, junto a otros parientes de víctimas, como una organización vinculada al Movimiento Campesino Paraguayo (MCP).

Me tocó entrevistar a los miembros de la comisión y poder “colar” el tema en varios reportajes, en medio de noticias sobre movilizaciones campesinas, desafiando a la censura y la autocensura.

Estos familiares fueron quienes elaboraron y difundieron las primeras listas de desaparecidos, que luego fueron creciendo hasta llegar a la cifra oficial que emitió la Comisión de Verdad y Justicia en 2018, revelando que 425 personas habían sido “desaparecidas” durante el stronismo. Posteriormente, el director de Reparación y Memoria del Viceministerio de Justicia, Rogelio Agustín Goiburú, informó que el número de desaparecidos registrados ya ascendía a más de quinientos, “pero podrían ser mil o más”.

Me tocó seguir de cerca el tema desde los años 80, pero fue recién tras la caída de la dictadura cuando pudimos profundizarlo, siguiendo de cerca el trabajo de Goiburú, al frente de un equipo de antropología forense, casi sin recursos y con mucha falta de apoyo de los sucesivos gobiernos colorados.

Este reportaje lo publiqué en Última Hora, en noviembre de 2013, tras el hallazgo de restos de desaparecidos en María Auxiliadora, Itapúa, gracias a que dos ancianos ex soldados del stronismo, quienes habían participado del ocultamiento de los cuerpos en los años 60, decidieron revelar a Goiburú el lugar exacto en el que habían sido enterrados.

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El lugar preciso en Triunfo 55, en medio de un extenso sojal, en la región de María Auxiliadora, Itapúa, donde antiguos soldados stronistas informaron que habían enterrado anónimamente a dos combatientes abatidos durante las luchas guerrilleras contra la dictadura. El médico Rogelio Goiburú dirige los trabajos para empezar a cavar en busca de los restos de los desaparecidos, en noviembre de 2013. / Andrés Colmán Gutiérrez.

Protegidos del inclemente sol, desde una prudente distancia, dos ancianos miran en silencio a los hombres que escarban con ansiedad, hundiendo sus palas en la roja tierra de Itapúa, en medio de un verde campo de plantitas de soja recién brotadas.

Los que observan son campesinos de piel rugosa y avanzada edad, entre 80 y 90 años, a quienes ya les cuesta desplazarse sobre el accidentado terreno.

Si uno pudiera fijarse en sus miradas cansadas, podría advertir un ligero brillo de satisfacción.

Frente a ellos, a un par de cientos de metros de distancia, bajo la sombra de un árbol de aguaí, protegidos por un cerco de cintas amarillas, los “paleros” van removiendo suavemente la tierra, hundiendo primero unas finas varillas para tantear la presencia de algo sólido.

Los dirige el director de Reparación de Memoria Histórica, del Viceministerio de Justicia, Rogelio Agustín Goiburú, con el acompañamiento institucional del fiscal Santiago González Bibolini, de la Unidad Especializada de Derechos Humanos.

El lugar se llama Triunfo 55, el terreno es propiedad del colono Eitel Reinaldo Bécker, a unos 12 kilómetros del centro urbano de María Auxiliadora y a 430 kilómetros al sur de Asunción, sobre el camino de tierra –en parte, empedrado– que lleva a Tava’i, Caazapá.

En el centro del cráter de tierra que se va expandiendo, todavía no desenterrados del todo, están los huesos de dos seres humanos, hallados el pasado 1 de noviembre, en el mismo lugar en donde uno de los ancianos le aseguró al doctor Goiburú que los iba a encontrar.

—¡Caven allí… debajo del árbol de aguaí…! —les había indicado, semanas atrás, con su voz cavernosa— En ese sitio está una de las fosas comunes en donde los enterramos hace más de 50 años… ¡Seguro que allí encontrarán los restos…!

Tras un arduo trabajo de excavación, los miembros del Equipo Paraguayo de Antropología Forense, dirigidos por el doctor Rogelio Goiburú, encuentran los restos de dos desaparecidos. Fueron enterrados juntos en la fosa común. / Andrés Colmán Gutiérrez

Una verdad incómoda sale a la luz

Hace más de medio siglo, durante la dictadura del general Alfredo Stroessner, los hoy ancianos campesinos fueron soldados del Regimiento de Infantería R.I. 14, Cerro Corá, que bajo las órdenes del general Patricio Colmán Martínez atacaron por sorpresa y ultimaron a miembros de una de las columnas del Movimiento 14 de Mayo (M-14), en una fecha aún no precisada del año 1960, cuando los guerrilleros descansaban en ese lugar, debajo del mismo árbol, aunque entonces había un extenso monte.

“Estos ex soldados me contaron que había como 15 a 20 guerrilleros, en su mayoría muy jóvenes, acampando en medio del monte, cuando empezaron a dispararles desde la espesura y les cayeron encima. El propio general Colmán dirigió el ataque. No tuvieron tiempo de responder al fuego. Muchos echaron a correr, buscando escapar, pero fueron alcanzados en una verdadera cacería humana. Los mataron a todos y los enterraron encimados en estas fosas. Así los encontramos ahora, uno sobre el otro”, relata Rogelio Agustín Goiburú, el hombre que desde hace varios años dedica su vida a buscar restos de los desaparecidos y asesinados durante la dictadura, soñando también con hallar entre ellos a su propio padre, el recordado médico y luchador social Agustín Goiburú.

Para Rogelio no resultó fácil llegar hasta estos ancianos campesinos, ex soldados del stronismo, iniciar con ellos una charla, ganarse su confianza, prometerles confidencialidad y lograr —por primera vez— que aporten datos reveladores para el hallazgo de los restos.

“Fue un largo proceso dar con estos señores, ya ancianos, y poder explicarles que nuestra búsqueda no es por una venganza personal, sino por una necesidad de reparación histórica y de justicia, de conocer la verdad, de darles paz a los asesinados y desaparecidos, así como a sus familiares, pero también darles paz a ellos mismos, a sus victimarios, que han guardado durante tantos años estos terribles secretos en sus conciencias”, explica.

Finalmente, los ex soldados de la dictadura aceptaron hablar.

Solo pidieron que se les mantenga oculta sus identidades, por temor a ser víctimas de represalias y por proteger a sus propios familiares.

“Probablemente estén arrepentidos y sintieron el peso de su conciencia. Con una edad ya muy avanzada, y próximos a morir, deben querer reivindicarse con sus propios nietos. Por eso se decidieron a contar la verdad”, comenta Rogelio.

En una tarde histórica, bajo la sombra de los árboles de un bucólico ámbito rural, enfrentados al hijo de una de sus víctimas, cerraron sus ojos e hicieron memoria, dejando que los terribles secretos de una época terrible salgan por fin a la luz.

Rogelio Goiburú junto al autor de este reportaje, Andrés Colmán Gutiérrez, en la excavación de María Auxiliadora, Itapúa. / Gentileza.

La utopía armada de derrocar a una dictadura

“En la madrugada del día de hoy, un grupo de maleantes armados, procedentes de la zona de El Dorado, provincia de Misiones (República Argentina), cruzó el río Paraná, a la altura de Toro Cuá, incursionando en horas de esta mañana sobre la localidad de Carlos Antonio López. La guarnición rechazó a los maleantes, ocasionándoles bajas”, decía un comunicado del Ministerio del Interior, fechado el 29 de abril de 1960, reproducido por el diario La Tribuna.

A continuación, advertía: “El Gobierno ha adoptado las medidas pertinentes para reprimir con severa energía esta violación de la soberanía nacional, que nuevamente se opera desde territorio argentino”.

Era el inicio de la llamada “segunda ola” de la incursión guerrillera del Movimiento 14 de Mayo (M-14), formado por miembros del Partido Febrerista y el Partido Liberal, que ya habían protagonizado una primera avanzada en diciembre de 1959, ocasión en que fueron derrotados militarmente por las fuerzas del régimen.

Esta vez, en dos columnas (Libertad, bajo el mando de Juan José Rotela, con 81 combatientes, y Resistencia, a cargo de los capitanes Modesto Ramírez y René Speratti, con 70 combatientes), cruzaron las aguas del río Paraná en abril de 1960, desplazándose hacia las selvas de Caazapá, con intenciones de establecer una base en los cerros del Yvytyruzú.

La respuesta del Gobierno fue demoledora. Dos agrupaciones operativas del Regimiento de Infantería R.I. 14, Cerro Corá, bajo el comando del temible general Patricio Colmán Martínez, inició la cacería de los guerrilleros, con apoyo de milicianos civiles colorados.

Se establecieron unidades en Tava’i, Enramadita, San Juan Nepomuceno, Abaí, Tarumá y San Carlos.

Realizaban búsquedas desde el aire, en aviones militares DC3 y en avionetas Cessna.

El propio dictador, Alfredo Stroessner, supervisó las operaciones con su presencia en la región.

Hubo una persecución implacable, “con aviones sobrevolando y disparando ráfagas. Todo el territorio al Este de una línea divisoria, desde el Norte al Sur, a la altura de Coronel Oviedo, fue declarado zona de guerra”, relata el historiador Andrew Nickson, en su libro “La Guerrillas del Alto Paraná«.

Los rebeldes quedaron atrapados en las selvas de Caazapá e Itapúa, “totalmente sin provisiones, comiendo solo apepu (naranja agria), expuestos al frío y con creciente número de deserciones”, relata, en base a diarios de los propios guerrilleros sobrevivientes.

Los pocos que fueron tomados prisioneros eran torturados salvajemente, algunos arrojados vivos desde aviones militares en vuelo sobre las selvas, otros ejecutados y arrojados al río Paraná, pero principalmente enterrados en fosas comunes, engrosando la lista de los desaparecidos.

“Nunca antes se pudo saber dónde estaban enterrados sus restos, hasta que iniciamos este operativo para buscarlos, rescatarlos y reconocerlos. Una larga búsqueda que ahora, por fin, está dando mejores resultados, gracias a que estos ex soldados de la dictadura aceptaron finalmente colaborar”, dice Rogelio Goiburú, mientras va separando delicadamente con un pincel la tierra que cubre unos huesos quebradizos, como quien va quitando el velo de una verdad antigua, invalorable y reluciente.

Rogelio Goiburú muestra el sitio conocido como Kurusu Rebelde, donde también se informó que fue sepultado uno de los guerrilleros ajusticiados. / Andrés Colmán Gutiérrez

Siguiendo el rastro que dejan los huesos

En la fosa común hallada en Triunfo 55 hay dos esqueletos de seres humanos, entrelazados, en clara evidencia de que fueron enterrados uno sobre otro.

“Los datos que nos dieron los ex soldados es que aquí fueron enterrados unos siete miembros del M-14, por eso seguimos cavando alrededor. Además, encontramos 24 dientes sueltos, que corresponderían a más personas”, destaca Goiburú.

El médico trabaja asistido por dos funcionarios de su Dirección, Rafael Garrido y Fulgencio Cabrera, quienes lo acompañan desde que hallaron los primeros restos humanos en la Ex Guardia de Seguridad, en el barrio Tacumbú, de Asunción. Son dos policías de carrera, que llamativamente han hecho suya la cruzada de rescate de la memoria histórica.

“Soy de Juan de Mena, Cordillera, y cuando niño ya escuchaba de mis padres estas terribles historias sobre lo que pasó durante la dictadura. Ahora compruebo que son verdaderas, y como miembro de la Policía me siento satisfecho de colaborar a que se conozca la verdad”, dice Fulgencio Cabrera, quien se ha vuelto experto en cavar con las palas y en remover los restos con la delicadeza que se requiere, para preservarlos científicamente.

Los restos son catalogados y remitidos al Laboratorio Forense del Ministerio Público, junto con los restos hallados de otras víctimas, aguardando el momento en que puedan ser sometidos a pruebas científicas para su identificación, por parte del Equipo Argentino de Antropología Forense.

Hasta ahora (noviembre de 2013), el grupo de Goiburú ya ha encontrado restos de 27 personas: 15 en la Agrupación Especializada, 5 en la zona de Carlos Antonio López, 2 en Paraguarí, 1 en Villarrica, 2 en Tava’i y los últimos 2 en Triunfo 55.

“La moderna ciencia forense hoy permite reconocer la identidad de una persona con un diente, comparando con muestras de ADN de sus familiares. El Equipo Argentino de Antropología Forense nos pasó un presupuesto de 150 mil dólares para identificar restos de 20 personas, hemos logrado que se nos liberen la mitad de los fondos, pero necesitamos la segunda parte. Además, ya hallamos restos de 27 personas. Elaboramos un plan de trabajo y un presupuesto para el año que viene, para poder seguir la búsqueda de muchos otros restos, pero necesitamos que lo aprueben. ¡Tenemos tantos indicios para seguir buscando…!”, exclama.

El próximo lugar de excavación es un paraje situado sobre el camino de María Auxiliadora a Tava’i, a dos kilómetros de Triunfo 55, conocido por los lugareños con el sugestivo nombre de Kurusu Rebelde.

Rogelio nos conduce hasta el sitio, en medio de un verde valle rodeado de serranías, donde hay un pequeño monolito y una cruz de metal, al costado del camino, que colocaron los pobladores en memoria de dos guerrilleros que presuntamente fueron enterrados en el lugar, luego de haber sido asesinados por los milicianos, cuando escapaban de la masacre. ¿Estarán allí, todavía…?

—Esta cruz ya se había desprendido del monolito, por el paso del tiempo, pero nadie se la llevó —dice Rogelio, mientras la alza en sus manos—. Sigue aquí, esperando, como si supiera que la íbamos a venir a buscar…

Portada del libro «Tiranosaurio: Retrato periodístico de una dictadura», de Andrés Colman Gutiérrez, con varios artículos escritos en plena época del régimen stronista. Edición de Ñe’e Raity y Servilibro. Se puede pedir por wasap al 0985 499855.