Hay fotos que hacen historia.
Hay fotos que ya son parte de la memoria.
Entre ellas, esta foto. Una imagen en blanco y negro, con un predominante tono gris, muestra a una mujer con los brazos abiertos, casi como un cristo en versión femenina, avanzando despacio, con actitud desafiante, en la explanada de la Catedral de Asunción, mientras recibe en el rostro y en todo el cuerpo el chorro de agua sucia lanzada desde un camión de las fuerzas policiales antimotines de la dictadura del general Alfredo Stroessner (1954-1989). Un camión hidrante, utilizado para dispersar las manifestaciones, que en la foto no se ve, pero está allí, junto a todo un pelotón de policías con uniforme.
Atrás de la mujer se observa a decenas de personas también con gestos de levantar los brazos o de gritar consignas, convenientemente replegadas en una segunda línea, algunas entre indignadas o temerosas, pero a suficiente resguardo.
Solo ella, solo la mujer, está varios pasos adelante, con su vestido de domingo, su vestido de ir a misa, todo empapado y pegado a su cuerpo por los efectos de la lluvia represiva, con su elegante bolso oscuro colgando del brazo izquierdo.
Ella no se pone a resguardo.
Ella no parece tener miedo.
Por el contrario, ella avanza hacia adelante, desafiante, encarando a los policías dictatoriales, con los brazos abiertos, gritando algo, quizás alguna consigna,
La foto ha sido reproducida desde entonces en centenas de copias que se vienen publicando en los medios de comunicación, impresa en libros, en revistas, en afiches y cuadros, en carteles y murales, desde aquella primera vez que apareció en el diario Última Hora, hace 40 años.
Esta es la historia de cómo se obtuvo la imagen.

Una misa por los presos políticos
Era el domingo 26 abril de 1986, cerca de las 11 de la mañana.
En la Catedral de Asunción se realizaba una misa en solidaridad con cuatro médicos que habían sido detenidos por la policía durante una marcha, entre ellos Carlos Filizzola y Desirée Masi, acusados de promover «acciones subversivas» contra el régimen del general Alfredo Stroessner.
Era la época del “Clinicazo”, de la campaña de médicos, enfermeros, estudiantes de medicina y trabajadores del Hospital de Clínicas, el llamado “hospital de los pobres”, que venían promoviendo una campaña por el escaso presupuesto, bajos salarios y deficiente infraestructura, que tenía un fuerte impacto en los sectores más humildes de la población. Desde hacía semanas, venían realizando asambleas en las calles y marchas de protesta, animando a diversos sectores de la ciudadanía a solidarizarse con la causa.
A pesar de que era una reivindicación principalmente gremial, todos lo veían como un abierto desafío a la dictadura, una movilización de protesta social y política que hacía perder a la gente el miedo de salir a las calles y exigir el fin de un largo régimen dictatorial, como ya había ocurrido en países vecinos como la Argentina, el Brasil o el Uruguay.
La dictadura reaccionaba con la represión policial y el encarcelamiento de los principales dirigentes. Los referentes de la oposición le pidieron al entonces arzobispo de Asunción, monseñor Ismael Rolón, oficiar una misa “para rezar por los presos políticos”, el domingo 26 de abril, en la Catedral, a lo que el prelado accedió.
Asistían dirigentes sociales y políticos de la oposición y un numeroso grupo de ciudadanos críticos contra el sistema dictatorial.
Un escuadrón de policías antimotines aguardaba fuera del templo, con camiones blindados y carros hidrantes.
Al término del oficio religioso, los asistentes salieron a la explanada de la Catedral y empezaron a cantar a viva voz la marcha «Patria Querida«, golpeando las palmas de las manos y gritando consignas contra la dictadura.
—¡Se va a acabar, se va acabar, la dictadura militar!
—¡El pueblo unido jamás será vencido!
—¡Arriba, abajo, Stroessner al carajo!
Un camión hidrante de la Policía avanzó hasta el borde de la escalinata y empezó a lanzar potentes chorros de agua contra los manifestantes, buscando dispersarlos, mientras los uniformados se acercaban con sus escudos y garrotes.
Fue entonces cuando una mujer se desprendió del grupo y avanzó hacia los policías, con las manos en alto, desafiante.
El fotógrafo José Moreno, del diario Última Hora, se colocó en frente, sin pensar siquiera que iba a quedar expuesto en medio de la acción represiva de la Policía, y disparó su cámara repetidas veces.
José sacó aquella foto con una película celuloide blanco y negro, en sensibilidad 400 ASA, en medio de la lluvia de agua y gases lacrimógenos. Lo hizo con una lente 50mm y un carrete de 36 disparos, del que solo uso 15.
Esa no fue la foto elegida para la edición vespertina del diario Última Hora el día lunes 27 de abril, sino otra, que mostraba más directamente a los policías atacando a los manifestantes.
Recién en la edición del martes 28 se incluyó esta toma, entre otras, en un pequeño material a dos columnas.
Nada que llamara particularmente la atención. Hasta que, al mes siguiente, el entonces editor del suplemento sabatino El Correo Semanal, Aníbal Saucedo Rodas, necesitó una foto grande para ilustrar un artículo que yo había escrito desde Lima, Perú, con el título “Crónica para un pueblo con nuevas esperanzas” y entonces el editor fotográfico, Jorge Adorno, le dijo: “Creo que esta foto de José Moreno es la más apropiada”.
Era la foto.


Una mujer, una historia de resistencia
La foto apareció publicada a cuatro columnas en la página 10 de El Correo Semanal, aquel primer sábado de mayo de 1986, ilustrando el artículo mío que hablaba del despertar ciudadano en las movilizaciones contra la dictadura. El texto llevaba mi firma, pero no la del fotógrafo. En aquella época todavía no habíamos aprendido a reconocer la autoría de los reporteros gráficos en los medios de comunicación, así que la imagen, que fue muy apreciada y comentada en la oportunidad, empezó a recorrer muchos ámbitos como si fuera de autor anónimo.
También la identidad de la mujer de la foto se mantuvo en el anonimato colectivo por muchos años, hasta que recién en los 90, tras la caída de la dictadura, se reveló que ella era Liz Fernández Casabianca, por entonces de 27 años de edad, hija del abogado Ignacio Fernández, más conocido como Fernández Puku, un político comunista perseguido, apresado y exiliado por la dictadura, además sobrina de Luis Casabianca, histórico líder del Partido Comunista Paraguayo (PCP).
Liz tiene una larga historia de persecuciones contra su familia. Apenas un día antes de su nacimiento, en 1958, la policía vinos a buscar a su padre en su su domicilio en Asunción. Fernández Puku permaneció preso hasta 1969 en la Comisaría Tercera, cuando logró su libertad tras una huelga de hambre de 40 días.
Liz estudió en el Colegio Internacional, donde en 1974, a los 16 años de edad, se negó a participar de un desfile en homenaje al dictador chileno Augusto Pinochet, quien visitaba el Paraguay. Esa actitud la puso en la lista negra de los jóvenes rebeldes. Cuando ella obtuvo una beca para estudiar en Estados Unidos, el gobierno de Stroessner le negó el pasaporte.
Sofía Fernández Casabianca, hermana mayor de Liz, escritora y poeta, relata en el libro “Concebida en la clandestinidad” la historia de su padre y de toda la familia.

Aquella mañana de domingo
La mujer había acudido aquel domingo 26 de abril a la Misa en la Catedral, dispuesta a aportar un gesto de solidaridad con los médicos y trabajadores de Clínicas.
Cuando concluyó el oficio religioso, cargado de mensajes críticos por parte del obispo Rolón y de los laicos, los dirigentes de la oposición invitaron a salir a cantar “Patria Querida” en la explanada.
Liz vio a los policías que estaban formando una barrera frente a la Catedral, listos para reprimir. Vio el camión hidrante que se utilizaba para bañar a los manifestantes, avanzando hacia ellos, empezando a arrojar los potentes chorros de agua sucia, esperando que de esa manera se disuelva pronto la manifestación.
“Sentí rabia, sentí indignación, sentí todo lo que había sufrido mi papá y toda mi familia, todos los compañeros y compañeras que solo deseaban que termine ese régimen tiránico, que pudiéramos vivir en libertad”, relataría Liz varios años después, acerca de lo que sintió en aquel momento.
“Sin pensarlo mucho, avancé hacia los policías, sin hacer caso al potente chorro de agua que nos estaban lanzando, creo que también lanzaban bombas de humo o gases que dificultaban respirar. Empecé a gritarles: ¡Váyanse de aquí! No me di cuenta de que había fotógrafos tomando fotos. Esa foto que tomó José Moreno la vi mucho tiempo después, pero no salí a contar que la mujer de la foto era yo”, explicó.
“La expresión de la foto original fue tan espontánea que me sentí muy emocionada en ese momento; pensaba que ese, mi granito de arena, aportaba para derrocar la dictadura de Stroessner”, destacó también.

Una foto convertida en símbolo
El 30 de agosto de 2018, en el Día Internacional de las Víctimas de las Desapariciones Forzadas, la agencia publicitaria Oniria, como parte del evento Gramo Asu, decidió realizar un homenaje en torno a la ya entonces famosísima foto. Convocó a Liz Fernández, al fotógrafo José Moreno y a muchos luchadores históricos a realizar una recreación de la misma imagen, 32 años después, en el mismo lugar en que había sido tomada: la explanada de la Catedral de Asunción.
Esta vez fue un camión del Cuerpo de Bomberos de la Policía el que se aprestó a arrojar chorros de agua (limpia) sobre Liz y los que hacían de manifestantes, que intentaron asumir las mismas posturas de quienes aparecían en aquella foto.
El reportero José Moreno fue invitado a captar nuevamente las imágenes, junto al joven fotógrafo Juanjo Villa.
Esa fue la primera vez en que Liz y José se conocieron personalmente, se dieron un fuerte abrazo y contaron anécdotas de aquel día ante los medios de comunicación. Incluso el diario El País de Madrid llegó a publicar una crónica sobre el histórico acontecimiento.
“Fue espectacular conocerla. Gracias a ella quedó plasmado el valor de la mujer paraguaya en la época de la dictadura, cuando en ese momento hasta por hablar fuerte te llevaban preso”, dijo el fotógrafo acerca de su ocasional modelo.
José Moreno, conocido entre sus colegas por su apodo Teju (Lagarto), fue uno de los fotógrafos más legendarios del staff del diario Última Hora, desde la época de la dictadura hasta que se jubiló en la década de 2010. Personalmente, me ha acompañado en varias investigaciones periodísticas en zonas fronterizas y siempre admiré su arrojo y valentía para obtener imágenes en situaciones de riesgo. Varias de las fotos icónicas del Marzo Paraguayo y de otros momentos críticos de la historia política reciente del Paraguay son de su autoría.



