Ricardo Flecha: De cuando trepé al balcón de Augusto Roa Bastos

Una de las anécdotas más pintorescas que el cantautor Ricardo Flecha narra en su libro “Coplas y jazmines, luchas y azahares”, presentado recientemente, es acerca de la ocasión en que fue a visitar al gran escritor Augusto Roa Bastos, en su departamento en Manorá, pero encontró que el mismo estaba encerrado por sus cuidadores, sin llave para abrir la puerta. Flecha no tuvo otra opción que trepar hasta el primer piso, como Romeo ante el balcón de Julieta, para cantarle algunas canciones al autor de Yo el Supremo. El relato revela la irregular situación en que el Premio Cervantes era mantenido en sus últimos días, pero es también un testimonio de amistad y de complicidad cultural. Reproducimos el capítulo, con licencia del autor.

«Yo no podía creer lo que estaba haciendo. Me vino a la mente una escena de Romeo trepando por el balcón de Julieta tras llevarle una serenata. Sé que William Shakespeare no llegó a narrar esa escena en su famosa obra teatral, más que el enamorado Romeo declamando su amor bajo el balcón de Verona, pero los seguidores de gran dramaturgo inglés siempre queremos ir un poco más allá al recrear sus obras. Y yo estaba allí, trepando para llegar hasta un balcón del primer piso y poder entrar a un departamento cuya puerta de entrada estaba con llave y la llave no estaba.

En mi caso, yo no era Romeo, sino Ricardo, el Chespirito de la música paraguaya. Y quien estaba en el balcón de aquel departamento en el barrio Manorá no era Julieta, sino el gran escritor Augusto Roa Bastos, de quien yo estaba perdidamente enamorado, pero de su literatura, de su poesía, de sus letras de canciones, de su inmensa sabiduría y de su calidad de ser humano, luchador por un Paraguay que deje de enamorarse del infortunio.

A Augusto lo conocía desde siempre, desde antes de conocerlo personalmente, porque lo había leído con pasión en mi adolescencia, sus libros El Trueno entre las hojas e Hijo de Hombre, luego esa enmarañada y genial novela que es Yo el Supremo, pero también sus cuentos, sus poemas, a los cuales luego empecé a cantarlas cuando encontré las canciones con sus letras a las que Carlos Noguera les puso música.

Fue Jorge Krauch quien llevó la canción Los Hombres (poema de Roa, música de Jorge Garbett) a los ensayos del grupo Juglares. Jorge le hizo un fantástico arreglo de voces e instrumentos. La incluimos en nuestro primer disco y cada vez que la cantábamos en un escenario arrancaba largos aplausos y vítores del público.

Tan tierra son los hombres de mi tierra

que ya parece que estuvieran muertos

por afuera dormidos y despiertos

por dentro con el sueño de la guerra.

Tan tierra son que son ellos la tierra

andando con los huesos de sus muertos

y no hay semblantes, años ni desiertos

que no muestren el paso de la guerra.

De florecer antiguas cicatrices

tienen la piel arada y su barbecho

alumbran desde el fondo las raíces.

Tan hombres son los hombres de mi tierra

que en el color sangriento de su pecho

la paz florida brota de su guerra.

De izquierda a derecha: Carlos Noguera, Agustín Barboza (+), Ricardo Flecha, Augusto Roa Bastos (+) y Oscar Cardozo Ocampo (+). / Gentileza

Con Roa nos conocimos en plena dictadura, en algún encuentro internacional en el extranjero, cuando él aún estaba en el exilio.

Le emocionó escuchar sus versos cantados en nuestras interpretaciones y sellamos una amistad que fue creciendo con el tiempo, especialmente desde su regreso al país tras el derrocamiento de la dictadura.

Como seguramente todos saben, Roa entre sus muchos roles además de escritor, también fue músico y cantor en sus inicios. Tocaba la guitarra, pero principalmente el bombo y era un buen cantor, al punto de llevar serenatas a sus amigas de juventud. En la época en que formó parte del núcleo Vy’a raity en Asunción, antes de su primer exilio, era conocido por sus dotes de cantor y ya instalado en Buenos Aires también cantaba con sus amigos músicos del exilio, entre ellos el gran José Asunción Flores, para quien escribió una nueva letra de la guarania Arribeño resay, porque a Flores no le gustaba mucho la versión amatoria romántica que había escrito el poeta Rigoberto Fontao Meza a una guarania que Flores imaginó como una denuncia social.

La versión de Roa para esa guarania cambia totalmente el enfoque temático, acercándolo a la idea que Flores tenía inicialmente.

El propio Roa me contó esa historia y me facilitó la letra que escribió para Flores. Yo grabé esa versión en uno de mis discos:

Yo soy arribeño sin paz ni amor

sombra errante de un triste ayer

y solitaria flor del padecer.

Como grito de antiguo dolor

que es semilla del nuevo valor

en la voz de mi pueblo yo estoy

y su esperanza soy.

Ayer mi destino fue siempre andar

desde un obraje hasta un yerbal

al final sucumbir bajo un puñal.

Pero el triste arribeño de ayer

se ha vestido de férrea canción

y en el fuego de su corazón

siente a su pueblo arder.

Arribeño soy, lágrima ayer,

esperanza hoy, nuevo amanecer.

Con Roa Bastos nos encontrábamos en encuentros culturales, en peñas entre amigos, y casi siempre se animaba a cantar con nosotros alguna canción, pero más que nada le gustaba escuchar las guaranias.

Me las pedía especialmente que las entone, se ponía a mi lado en un sofá escuchando con mucha atención y más de una vez lo vi emocionarse casi hasta las lágrimas, quizás removiendo en él algún recuerdo muy personal, muy especial.

Luego se ponía a contarnos anécdotas del exilio, situaciones jocosas con Flores, con Hérib Campos Cervera, con varios de esos maestros que vivieron las noches de Buenos Aires, imposibilitados de retornar a la patria.

Augusto tuvo la generosidad de escribir la presentación de mi primer disco solista, Ricardo Flecha Hermosa.

En los últimos años establecimos como un hábito encontrarnos cada tanto en su departamento, tomar algo, conversar y sobre todo que yo le pueda cantar algunas de sus canciones preferidas, principalmente guaranias.

“Te espero, no te olvides de traer tu guitarra”, me decía por teléfono.

Así que para allá fui una vez más, cuando ya sufría esa humillante situación de que sus presuntos cuidadores lo dejaban encerrado en su departamento, algo que luego se supo con mayor detalle y que incluso llegó a Tribunales.

Así que yo fui aquella vez a visitarlo, llamé a su puerta, pero no pudo abrirme. Escuché su voz desde adentro, diciéndome:

—Me dejaron encerrado, al parecer, no encuentro la llave.

Después salió al balcón y conversamos allí, como en la escena de Romeo y Julieta, yo desde abajo, él desde arriba.

—Es una pena, no sé que hora van a regresar a abrirme —me dijo, con un tono de tristeza en la voz.

—Puedo subir por el balcón —le dije.

—¿De veras? ¿No te vas a caer? —me preguntó.

—Allá voy —le contesté.

Colgando la guitarra en su estuche a mi espalda, empecé a trepar, agarrándome de lo que podía, hasta lograr aferrarme al balcón, mientras Roa Bastos me observaba prudentemente retirado, con cara de preocupación. En esa época yo era mucho más joven y todavía ágil, así que pude lograr la hazaña de trepar hasta el balcón del gran autor de Yo el Supremo.

Pasamos una linda tarde cantando, hablando de anécdotas, hasta que sus cuidadores llegaron y se sorprendieron mucho de verme adentro.

Fue un momento incómodo, pero sentí que había llevado un abrazo en forma de canciones a uno de mis grandes ídolos, que se encontraba en una situación bastante llamativa, ya en los últimos años de su vida.

De Augusto pude cantar y grabar varios de sus temas musicalizados por Carlos Noguera o Maneco Galeano. Uno de los más sentidos es “Del regreso”, uno de sus primeros poemas, con metáforas algo surrealistas, en los que él retorna a su propia juventud, quizás en los cañaverales de Iturbe. Lo grabé en el disco “Flecha Hermosa” y recientemente lo volví a cantar durante un concierto en el marco del Roa Bastos Fest, que se llevó a cabo en su homenaje en la ciudad de Atyrá.

Remonto hacia el muchacho que me espera

junto a un cañaveral, sobre una loma

mancha de sol forrada de paloma

con su abeja en la sien y en primavera.

Aquí está el corazón, aquí su hoguera

con su ramaje de humo, con su aroma

que la medida de mi sombra toma

para vestir de amor mi calavera.

Obligo al hueso a prosternarse

quiero recuperar

mi altura adolescente

ponerme aquel muchacho naranjero

sentirme el ala

refrescar mi frente

pero el arroyo arrastra indiferente

la imagen de un muchacho hacia el estero.«

Mirian Pacuá, Desirée Esquivel Almada, Ricardo Flecha y Andrés Colmán Gutiérrez, la noche de presentación del libro «Coplas y Jazmines, luchas y azahares». / Gentileza Roxy Álvarez.
Ricardo Flecha canta el tema de Teresa Parodi, «El Otro País», que inspiró el nombre de nuestro medio periodístico.

El Libro «Ricardo Flecha: Coplas y jazmines, luchas y azahares» se puede obtener en Servilibro Plaza Uruguaya y en las principales librerías del país.