Soledad Barrett, como en un canto guaraní
Por Urariano Mota
«Entonces yo veo como si una puerta aguardara el toque de la transformación, el cariño, el pico del pájaro para absorberla y tragármela entre sus pétalos. Ella estaba a mi lado, en posición de yoga, pero la recuerdo —en un transporte cuya razón ignoro —, pero yo la recuerdo de pie, con las manos contra la pared a la espera del beso. Digo de pie, con las manos contra la pared, y ese recuerdo me duele, por saber de ella, meses después en la misma posición. Por eso mi recuerdo evita el dolor, y vuela para aquel instante de la bella paraguaya a la distancia de medio brazo de mí. Los indios saben el por qué. Hay un cántico de nana guaraní que dice: “Têtã ovy rauy’i / Eikere xevy, eikere devy”, o “Hija del paraíso azul / dice, entra para mí”.
Así la sentí y la vi, aunque nada sabía, aquella noche, que ella fuera paraguaya. Ni mucho menos que ella cantara, como supe después, mucho después, cantos de cuna guaraní. Qué cosa rara es el hombre, la persona, cuanta rareza reside en nosotros mismos. Era como si hubiera una sirena en el aire, sirena de ambulancia, de coche de policía, de anuncio de cosas que vendrán, pero que no son oídas por todos, apenas si oyeran en oídos de perro. Por ello la sentí en una trepidación inaudible.
Nos ocurren sentimientos muchas veces sin explicación, sin una causa clara, si podemos alimentar la esperanza de que todas las cosas tengan una causa. En las personas del pueblo hay una frase que expresa mejor un hecho sin explicación: “¿Eso tiene lógica?”. Si la tiene, no es mecánica, ni está en el reino del cálculo de las probabilidades. ¿Por qué desee hablarle a Soledad, en una lengua que desconozco, “Hija del paraíso azul, entra para mí”? Yo la quería, es cierto. Pero no es correcto que la quisiera en la persona del mundo oscuro que yo no sabía. Debo decir, lo natural es que queramos con las informaciones visibles y conformes a nuestra historia. Es natural, todavía, que amemos las informaciones invisibles a los ojos, más visibles, por lo que sentimos, en otros sentidos: en la voz que emana, en el calor, en el olor del cuerpo, en las palabras que se usan, en el vocabulario, en la sintaxis, en el sabor de los ambientes por donde la persona transita, transitó, o transitaba. Pero nada entonces me podría decir que yo pudiera amar a Soledad como se ama a una mujer paraguaya, como se ama a una mujer que canta cantos guaraníes. Ni mucho menos con una corazonada de lo que le ocurriría.

En una fábula, en una narración fabulosa, sería simple. Bastaba que ella dijera las palabras que no dijo. Bastaba que ella mostrara entonces, aquella noche en Olinda, lo que no mostró, lo que no podría mostrar, en virtud de su seguridad. Bastaba que ella dijera: “Yo soy una mujer que actúa como las mujeres libertarias de nuestro continente”. O por lo menos: “Soy lo que seré. Soy lo que sería. Soy ahora como seré recordada”. Y más, para que ella actuara conforme a mi necesidad: “Vamos, poeta. Quiero y deseo serte más oculto. Toma mi cuerpo y mi alma, toda y total”. Entonces ella sería más según con lo que podría ser, que podría haber sido. Créanme, entonces sería más de acuerdo con la lógica, porque yo hablaría de lo que hubiera pasado.
El reino del “había una vez” instala siempre su propia razón. Lo que es diferente de decir apenas la fábula de lo que no hubo, de lo que no puede ser testimoniado, de lo que no puede ser comprobado por película o por grabación escondida en aquella sala, en 1972. Pero que es, aun así, más real que el plan de la hipótesis lógica, verosímil, del había una vez, del tiempo en que los animales y objetos hablaban. Y no es espiritismo, que le da lógica a lo inanimado, cuando lo anima. Quiero decir, digo ahora de lo que no veía antes, mejor, que lo que veía sin alcanzar la conocida consciencia. Eso porque al escribir no apenas redescubro, descubro también, por fuerza del olor y del instinto de la meditación. Estas líneas de ahora me hacen ver, con los ojos de la reflexión, el sentimiento que me quedó, y yo no lo percibía entonces.
Pienso ahora que hay una sustancia comprendida solamente a distancia. Como si fuera una colcha de retazos, que en el presente solamente se deja ver en el retacito, en el cuadradito cortado, o, como máximo, en los pequeños cuadrados de la vecina. Si aquellos cuadriláteros de tela fueran el tiempo, se ellos encarnaran la duración del acto de en paciencia ser cosidos, entonces se vería que solamente conocemos la belleza, el conjunto harmónico, entretejido con la sangre y el sudor de que somos hechos, cuando estamos lejos. Descubriríamos que solamente la distancia de lo que veíamos y juzgábamos como lo real, el concepto, revela aquel cuadrilátero. Y decimos cuadrilátero, pobrecitos, porque ni aún la visión de los cuatro lados teníamos, ni aún la de los dos lados, debo decir, porque éramos insectitos minúsculos a resbalar en la estrecha porción de tela. Y nosotros decíamos, Soledad es esta tela. Pero el hombre es un ser dotado de grandeza, hasta aún en el punto en el que se amezquinda. Debo decir, el insecto, aunque mantenido solamente en el pasado —en aquel presente — tiene antenas que capturan además de lo visto, aunque, estúpido, se dé cuenta ahora solamente el momento. Quiero decir, percibe en la consciencia, en aquello que él piensa que sabe, en aquello que él toma como lo real, porque visible de inmediato y notado en las formas exteriores de la superficie.
Dije “antenas”, pero la palabra es propia, porque con ella quise decir “instrumento de captar futuro”. Pero el futuro es orgánico, es germen en el presente, y semilla que un sentido no explicado configura. Uno no explicado al que llaman, por ignorancia, de “sexto sentido”. Una ignorancia que recuerda a la de los médicos que clasifican con nombres griegos los males que la medicina mal describe. Pero aquí, Soledad, el sexto sentido poseía de ti un sentido del que ni aun tú sabías. No me refiero más al canto guaraní, que en ti era una identidad revelada cuando olvidabas tus defensas de seguridad. Cuando tú acalantabas a un niño, como para recordar lo que oíste en algún interior paraguayo o en la frontera. Ello, la percepción de eso, porque nada me dijiste sobre tales acalantos, cantarles canciones de cunas, ya sería un sexto sentido. Pero me refiero a un reino y me gusta la ante visión que sentí, que “sentí”, debo de decir, al tener a tu presencia a mi lado, a la distancia y alcance de medio brazo. Como una prospección que anteviera el refino. O, para ser menos prosaico, como un sueño premonitorio.
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(Fragmento de la novela “Soledad no Recife”, publicada en 2009 por la Editorial Boitempo, de Sao Paulo. La traducción al español es de Angela Telma Lucena. La versión original en portugués de este fragmento se puede leer en este sitio).
Urariano Mota nació en 1950, en Agua Fría, Recife, Pernambuco. Entre sus obras más conocidas, además de “Soledad en Recife”, se encuentran: “A mais longa duração da juventude”, “Diccionario amoroso do Recife” y “O filho renegado de Deus”. Ha colaborado con medios periodísticos del Paraguay.
Soledad Barrett Viedma nació en Yabebyry, Paraguay, en 1945. Hija de Alejandro Rafael Barrett López, hijo único del escritor y anarquista español Rafael Barrett. Participó activamente de la lucha contra la dictadura en Paraguay desde su adolescencia, fue al exilio con su familia en Uruguay y acabó enrolándose en la guerrilla brasileña de la Vanguardia Popular Revolucionaria (VPR). Fue delatada por su pareja, el cabo Anselmo, espía infiltrado de la dictadura y fue capturada y asesinada el 8 de enero de 1973, junto otros miembros de la VPR. Hay varios bustos que le rinden homenaje en Brasil. El poeta Mario Benedetti y el cantautor Daniel Viglietti la recuerdan en canciones y poemas.

