El presidente Santiago Peña, el tecnócrata que alguna vez creyó gobernar desde la pulcritud de los números y los despachos blindados, vio desvanecer su poder no en una negociación de pasillos, sino en el eco ensordecedor de los tambores, el humo de las maderas quemadas y los gritos de una plaza que se negó a claudicar. Las calles de Paraguay dejaron de ser simples vías de tránsito para convertirse en el tribunal supremo de una nación fatigada.
Son muchos los que se atribuyen haber sido los principales gestores de la caída del presidente de la República del Paraguay, pero, así como resulta evidente que sin las investigaciones y denuncias periodísticas acerca de Peña y los negociados del Grupo Vázquez, que empezaron a publicarse desde 2024 en El Surti y el diario ABC Color, no se hubiera producido la tardía intervención del Banco Central del Paraguay, tampoco se puede soslayar que sin las multitudinarias movilizaciones ciudadanas, los legisladores —especialmente los de la mayoría oficialista colorada— no se hubieran volcado a plantear el juicio político para destituir al mandatario, lo que finalmente ocurrió en la tarde del viernes 6.

La indignación no nació del vacío; estalló cuando el bolsillo y el futuro de millones de paraguayos quedaron inmovilizados en las pantallas de sus teléfonos. La fulminante intervención de Ueno Bank por parte del Banco Central, al sostener que su solvencia estaba por debajo de la mitad del mínimo exigido, encendió la mecha social. No era una crisis abstracta: casi tres millones de ahorristas —en un país de poco más de seis millones de habitantes— vieron sus cuentas congeladas y sus tarjetas convertidas en plástico inútil de la noche a la mañana.
La desesperación de los emprendedores que no podían pagar salarios y de las familias que no sabían cómo comprar alimentos mutó rápidamente en furia política. El pánico bancario se convirtió en un grito unificado en las plazas cuando los hilos del poder corporativo quedaron expuestos.
El pecado original: Peña había mantenido acciones en el grupo propietario del banco hasta bien entrada su presidencia.
- La traición previsional: Más de 380 millones de dólares de los fondos de pensiones y salud del Instituto de Previsión Social (IPS) habían sido volcados a esa misma entidad privada.
- La sospecha de vaciamiento: El Ejecutivo fue acusado de forzar una concentración indebida de recursos públicos en el banco para beneficiar a antiguos socios comerciales.

El despertar de la plaza
Todo comenzó como un goteo. Un puñado de ciudadanos indignados frente al Congreso, portando banderas tricolores descoloridas y pancartas escritas a mano. La apatía paraguaya, tantas veces confundida con sumisión, se disolvió. Los cánticos de «Devuelvan nuestra plata» se mezclaron rápidamente con la exigencia unánime de un juicio político.
Día tras día, las plazas que rodean el edificio legislativo pasaron de ser espacios de paso a campamentos de la dignidad:
Los jóvenes, equipados con pañuelos para el gas lacrimógeno y miradas encendidas, se apostaron en la primera línea como escudos humanos frente a las tanquetas hidrantes.
Los ahorristas y jubilados, estafados en su buena fe, sostenían carteles improvisados que señalaban al palacio de gobierno como una cueva de ladrones.
Los sectores sociales y campesinos bloquearon los accesos a la capital, tejiendo un cerco de dignidad rural sobre el centro urbano.
El calor asfixiante de Asunción no logró mermar los ánimos; al contrario, parecía caldear el ambiente de una olla a presión que la policía ya no podía contener.

El punto de quiebre y el sálvese quien pueda político
La noche decisiva tuvo un olor particular: una mezcla de pólvora, sudor colectivo y el perfume cítrico del apepú quemado en las barricadas.
Cuando la fiscalía general ordenó la detención de ocho directivos del banco y el propio presidente del Banco Central se vio forzado a dimitir, la farsa institucional se derrumbó por completo.
La traición definitiva para Peña no vino solo de las calles, sino de su propio nido político. Al ver las plazas desbordadas y el libelo acusatorio de 15 páginas sumando voluntades en el Congreso, el Partido Colorado, liderado por su mentor Horacio Cartes, decidió soltarle la mano para salvar al resto de la estructura. El oficialismo se fracturó ante el pánico de ser devorado por la misma hoguera social.

La caída de Mburuvichá Roga
Los manifestantes no solo ocupaban el espacio físico; habían tomado el relato. Cada transmisión en vivo desmentía las promesas gubernamentales de soluciones exprés. Mientras los diputados debatían su destitución en una sesión caótica, Peña grabó un video apresurado anunciando su renuncia.
Pero las plazas, curtidas por décadas de engaños institucionales, no se dispersaron. Sabiendo que aceptar la renuncia en una bicameral podría otorgarle los fueros de un senador vitalicio y garantizarle impunidad, la marea humana rugió con más fuerza frente al Congreso exigiendo que el juicio político continuara hasta sus últimas consecuencias.
La caída no la provocó un simple desajuste macroeconómico; fue la respuesta visceral de un pueblo que vio cómo se timbeaban sus vidas en el casino digital del poder. Fue obra de los pies cansados de los marchantes, de las gargantas desgarradas por el frío de las madrugadas y de la convicción inquebrantable de que el futuro de Paraguay se decide en las calles, allí donde el asfalto recuperó su memoria.
Tras el recuerdo de aquel heroico y trágico Marzo Paraguayo, 27 años después ha surgido un Noviembre Paraguayo, probablemente sin víctimas fatales como aquella vez, pero igualmente doloroso en la angustia de quienes han perdido mucho y siguen sufriendo, pero a la vez ha nacido un viento de rebeldía y esperanza que podría ayudar a conquistar días mejores.





