La reivindicación del portuguarañol fronterizo
Por Andrés Colmán Gutiérrez
La frontera es un mundo entre dos países.
Especialmente, cuando dos culturas que tienen elementos similares, pero a la vez diferentes, se encuentran, chocan, se enfrentan, se abrazan, se recomponen e inventan nuevas formas de convivencia cotidiana, compartiendo la historia, la geografía, la economía, la sociedad, el lenguaje, la lejanía y la cercanía, la marginalidad y el progreso.
En la fronteriza ciudad de Salto del Guairá, limítrofe con el Brasil, en donde pasé gran parte de mi infancia y adolescencia en los años 60 y 70, nos reíamos mucho de un pintoresco personaje conocido popularmente como Seu Flores, campesino paraguayo que, tras muchos años de trabajar con los troperos brasileños de ganado en la zona rural de Canindeyú, acabó adquiriendo esa particular forma de hablar que mezcla arbitrariamente el guaraní y el portugués con algunas palabras en español.
Una de sus frases más recordadas y festejadas la escuchamos una tarde, cuando arreaba algunos bueyes de regreso al corral, tras haberlos sacado a pastar, y en el camino un niño vecino abrió sorpresivamente de par en par las ventanas de su hogar para mirar pasar a los animales, quienes se asustaron y retrocedieron.
Entonces, Seu Flores le recriminó en su particular lenguaje:
―¡Nde, minino…! ¡Emboty pe nde janela y entrá adentro, porque emondyipata la che boi!
El controvertido gran novelista y dramaturgo Mario Halley Mora contó alguna vez, en su columna “Cuento-i”, en el desaparecido diario Patria, que, durante una gira por el entonces joven departamento de Canindeyú, en los años 70, se detuvo a almorzar en una “churrascaría”, en la polvorienta colonia Katueté, cuando un niño entró a alertarle que una de las ruedas de su camioneta estaba pinchada:
―Nde karai! ¡Vení pronto, porque o ye furá la nde peneu!

La pintura de la portada es de autoría de Julio César Álvarez.
Halley Mora reflexionaba ya por entonces que, a lo largo de los departamentos paraguayos fronterizos con el Brasil, como Alto Paraná, Canindeyú, Amambay y Concepción, regiones que se iban poblando de colonos brasileños, se estaba incubando una nueva cultura y un nuevo lenguaje, que seguramente se reflejaría también en la literatura, la poesía, la música, las artes, constituyendo un proceso que necesitaba ser estudiado con más profundidad por los antropólogos, sociólogos y académicos.
El proceso de mezcla de culturas de Brasil y Paraguay ya había empezado en la década de 1940, cuando varias clásicas guaranias y polcas paraguayas fueron reescritas y grabadas en portugués con mucho suceso, entre ellas India, Galopera, Lejanía, La Cautiva, mientras canciones del folklore popular brasileño llegaban adaptadas al español a los ambientes paraguayos.
En los años 60, los compositores brasileños Gilberto Gil y José Carlos Capinan compusieron la canción Soy loco por ti, América, grabada en 1968 por el célebre cantautor Caetano Veloso, en donde se asumía públicamente el uso del portuñol en una obra artística: “El nombre del hombre muerto/ ya no se puede decirlo, quem sabe/ antes que o dia arrebente/ el nombre del hombre muerto/ antes que a definitiva noite/ se espalhe em Latino América / el nombre del hombre es pueblo”.
En la literatura regional, el portuguarañol (mezcla de portugués, español y guaraní) irrumpe principalmente en 1992, con la publicación de la novela Mar Paraguayo, del autor brasileño paranaense Wilson Bueno: “¿Quién sabe entonces, yo dormiré mboraihu, silente e calada en el trueno del colo del viejo, hecho solo una paloma tiquitita y fugaz?”.
A partir de este hito pionero, otros escritores, especialmente el brasileño Douglas Diegues, quien vivió mucho tiempo entre las ciudades de Ponta Porã (Mato Grosso do Sul, Brasil) y Pedro Juan Caballero (Amambay, Paraguay), desarrollaron la corriente literaria a la que denominan Portunhol Selvagem, escribiendo poesía y narrativa con un estilo que combina el portuguarañol fronterizo con aportes del inglés, francés, alemán y otros idiomas, aunque en un estilo más de laboratorio que el habla real, con obras publicadas en su mayoría en ediciones cartoneras o libros artesanales. Diegues es autor de obras clásicas de esta corriente, como Triple Frontera Dreams, Da Gusto Andar Desnudo por Estas Selvas, Sonetokuera en aleman, portuniol salvaje y guaraní. Otros autores de esta corriente son los paraguayos Cristino Bogado, Jorge Kanese, Edgar Pou.
En mi caso personal, en 1995 publiqué mi primera novela, El último vuelo del pájaro campana, ambientada en gran parte en la frontera de Canindeyú, recogiendo elementos del idioma fronterizo y las vivencias brasiguayas. También la gran escritora Maribel Barreto, Premio Nacional de Literatura 2019, quien vivió varios años en Canindeyú, ubica en la frontera paraguayo-brasileña sus novelas Código: Araponga y El retorno de Araponga, retratando las vivencias y la forma de hablar de los brasiguayos.
Un aporte más nuevo e importante a la literatura fronteriza son las novelas Xirú y Xe, publicadas por el escritor paranaense Damián Cabrera.
En el campo del rock, el grupo musical Revolber, de la ciudad fronteriza de Presidente Franco, también hizo importantes contribuciones, como el álbum Ka’imonomacaco, editado en 2003, y el álbum Sacoleiro mágico, en 2008. (“Oúma el sacoleiro mágico / con su bolsa / ha ogueru la merca / la mercancía / ndaha’éi la nde ereháicha”)
Todas estas anteriores contribuciones resultan pocas para entender la relevancia del fenómeno lingüístico cultural fronterizo. Faltaba un compendio más esencial, surgido de narradores que sean auténticos hijos de esa frontera calcinante, que a menudo nos sobresalta con titulares de noticias policiales, pero que es ignorada por los medios de comunicación en sus valores más fundamentales, en sus contribuciones más positivas.
Faltaba este libro de José Asunción Quevedo Allende y María Zulia Giménez, apreciados colegas comunicadores pedrojuaninos, apasionados por el arte y la cultura, pero fundamentalmente conocedores profundos de esa realidad que se construye entre naciones hermanas, pero a la vez distintas.
Faltaba BOCA BULARIO, esta fascinante obra que recopila desopilantes anécdotas vividas en la terraza del país, registrando muchas de las denominaciones y los vocablos únicos que generalmente los pedrojuaninos —y los demás brasiguayos, por extensión—, podemos entender, pero que ayudan a conocer mejor la esencia de la cultura fronteriza paraguayo-brasileña, en ese especial mundo entre dos países, que necesita ser menos estigmatizado y mejor valorado.
Con toda seguridad, este libro ayudará a que la reivindicación de esa otra frontera sea posible.



[Uno de los relatos del libro:]
No solo de «fechau» vive el pedrojuanino
Corría la primera década de los años 80. Como todas las sexta super, un grupo de jóvenes se reunía en alguna esquina para tomar algunas geladinhas y luego decidir dónde ir a comer. Barajaron varios locales, hasta que cada quien decidió ir a lugares distintos.
Lo curioso es que, al día siguiente, se encontraron en Rex Te Tex —un conocido bar— y, tereré de por medio, coincidieron en que el menú de la noche anterior había sido el mismo de siempre: feijão (poroto), es decir fechau para nosotros, con arroz y bife. Sin embargo, en otros locales, el menú ofrecía arroz carretero, cachorro-quente (pancho), frango a passarinho (pollo frito cortado en trozos pequeños) o simplemente coxinhas, pasteles (empanadas) o empanadas (marineras).
Años más tarde, en la actualidad, el menú fronterizo sigue manteniendo su esencia, al que debemos agregar las famosas hamburguesas que aquí llevan nombres especiales y se comen, principalmente, en los tráilers (carritos callejeros).
Las hamburguesas de la frontera llevan más ingredientes y tienen nombres como X-Salada o X-Sarambí. Se les denomina «X» (xis en portugués), que viene de la palabra cheese (queso) en inglés. Como la pronunciación suena igual, en los menús se coloca X-Sarambí: una hamburguesa «exagerada» por la variedad de ingredientes que incluye: pan, arveja, choclo, huevo, pepino, pollo, pancho, mayonesa, mostarda (mostaza), chimichurri, tomate, lechuga y batata palha (papas fritas en tiritas).
Estos platos no son exclusivos de la frontera, pero sí la manera en que se preparan y, sobre todo, cómo se los denomina, porque en Pedro Juan, el idioma no solo se habla, también se mastica; y nada explica mejor nuestra cultura que un X-Sarambí: una mezcla de todo, donde nada sobra y el sabor es, simplemente, gostoso demais supimpa.
