Añaretã’i blues: Ciencia ficción desde la paraguayidad más honda

El escritor y editor Javier Viveros fue el presentador del libro “Añaretã'i blues – Las aventuras del detective Frankenstein Gonzalez en el Paraguay del Siglo 22” de Andrés Colmán Gutiérrez, con dibujos de ADAM, lanzado en la Feria Internacional del Libro FIL Asunción, con el sello editorial Ñe'ẽ Raity Espacio Creativo. Reproducimos la expresiva ponencia que Javier leyó en la oportunidad, que sitúa a la nueva obra como un aporte fundamental para la literatura de ciencia ficción en nuestro país.

García Lorca decía «soy poeta por la gracia de Dios y de la técnica». Digamos que la gracia de Dios es el talento o la inspiración. El don. Y que la técnica es el conocimiento de los preceptos, el uso inteligente de las herramientas que proporciona el género que uno haya elegido y el conocimiento de la tradición. (Porque se escribe siempre desde una tradición). Nihil novum sub sole. Nada nuevo hay bajo el sol. Y el dominio de esa técnica de la que hablaba Lorca solo se adquiere con la disciplina, con la práctica sostenida a través del tiempo.

Mi amigo Andrés tiene talento de sobra. Yo he leído primero su obra como periodista, lo admiré después como narrador (leí El último vuelo del pájaro campana en el colegio) y luego como guionista de historietas. Cuando hicimos la colección bélica Epopeya le dije «Andrés, vamos a hacer una nueva edición con historietas de la Guerra del Chaco» y a los pocos días ya estaba en mi e-mail un guion que era una joya. Lo mismo pasó con Epopeya Guerra Guasu; la colección Literatura paraguaya en historietas, que también dirigí yo; la colección Protagonistas de la historia en Paraguay, que fue dirigida por él; el grandioso proyecto Dago – Hecho en Paraguay, nuestro homenaje a Robin Wood, y en tantos otros proyectos.

Y, además de su innegable talento creador, Andresito tiene posesión de la técnica. Y tiene las lecturas que sustentan ese conocimiento técnico. Andrés pertenece a esa clase de escritores que no necesitan elegir entre lo culto y lo popular, entre el relato de aventuras y la reflexión política o entre el barrio y el espacio exterior. En su obra creativa, todos esos elementos pueden convivir tranquilamente, entrecruzándose y potenciándose entre sí.

Este nuevo trabajo suyo contiene dos cuentos y una historieta dibujada por el gran ADAM. Estas son tres piezas fundacionales, porque constituyen los primeros eslabones de un universo narrativo que esperemos nos entregue muchas más historias. En este universo nos encontramos con una Asunción futura, devastada, pero todavía viva; un Paraguay que ha padecido guerras, invasiones, avances tecnológicos, mutaciones, catástrofes ecológicas y la consuetudinaria descomposición política. Un país que fue invadido, saqueado, bombardeado, liberado a medias, abandonado a su suerte, pero que eppur si muove. Que «sin embargo se mueve», como dijo Galileo. En este texto. la imaginación popular, la memoria histórica, el periodismo, la cultura de masas, la ciencia ficción y el humor paraguayo se cruzan, sin pedir permiso, en un mejunje delicioso y entretenido.

El propio título del libro es un hallazgo: Añaretã’i blues. El pequeño infierno o el infiernito. Pero en el título está también el blues: la música de la tristeza, de los vencidos que todavía cantan. Esa mezcla de guaraní y referencia musical extranjera resume muy bien la poética del conjunto: Paraguay y cultura pop, mitología local y género negro, marginalidad y ciencia ficción.

Portada del libro «Añaretã’i blues».

El sobreviviente de una violencia histórica

Spoiler alert! El protagonista de esta saga es el detective privado Frankenstein González. Ya su nombre es una declaración de principios. Frankenstein González es una criatura nacida del cruce entre la tradición gótica europea y el apellido más común en Paraguay. «González, donde te vas, te sale», he’íngo la ñe’. Hay un cruce entre el monstruo clásico de la modernidad y el excombatiente paraguayo que, después de la guerra, abre una oficina frente a las ruinas del Panteón de los Héroes. El nombre contiene una ironía brillante. Frankestein González es un paraguayo reconstruido después de la Tercera Guerra del Chaco. Ñande kavaju fue armado con restos humanos y prótesis biónicas; es el sobreviviente de una violencia histórica que parece repetirse bajo nuevas formas.

Frankenstein González está hecho de retazos, aunque no solo en sentido corporal. También está hecho de retazos literarios, culturales e históricos. Tiene algo del detective duro del policial negro norteamericano: el hombre desencantado, ay rapo, solitario, mokõcho, cínico, con oficina modesta, casos peligrososos y pistola siempre a mano. Tiene elementos del antihéroe de la historieta y del cine clase B. Tiene algo del excombatiente marcado a fuego por el monstruo antropofágico de la guerra. Tiene algo del pícaro paraguayo que sobrevive entre ruinas, cerveza, ironía y desconfianza. Y tiene, sobre todo lo que mencioné, una voz narrativa tremendamente eficaz: una voz burlona, veloz, llena de frases filosas y siempre desafiante.

La Asunción futura que nos pinta Andrés es una que está atravesada por motonetas aéreas, mendigos hambrientos, androides defectuosos y edificios bombardeados. Si bien es futurista, no es una ciudad que nos resulte desconocida. Es una Asunción muy reconocible por sus heridas y sus rincones. El Palacio de López, el Panteón, la calle Palma, el Fido Bar, la Costanera: todo está allí, pero transfigurado por una imaginación distópica que prolonga el desastre a partir de nuestras propias fracturas históricas. El dibujo de ADAM dialoga muy bien con el tono de Andrés: sombras fuertes, calles saturadas, rostros duros, violencia, persecuciones, tecnología, armas, vehículos voladores, barrios convertidos en pequeños infiernos. ADAM nos presenta una Asunción visualmente reconstruida en blanco y negro, de atmósfera nocturna, densa, urbana, hendýva, marginal. También es notable su dominio de la acción. Las escenas de persecución, golpes, irrupciones policiales y enfrentamientos están construidas con encuadres muy cinematográficos: contrapicados, diagonales, viñetas estrechas que aceleran la lectura, planos cerrados sobre rostros o armas, explosiones gráficas que rompen la quietud de la página. Hay en su trabajo una clara conciencia del ritmo secuencial, él sabe muy bien cuándo detener la mirada en un rostro y cuándo precipitarla hacia el movimiento. El resultado es una historieta que cuenta y al mismo tiempo hace sentir físicamente eso que cuenta, ejecutándolo, transmitiéndolo. En suma, los dibujos del gran ADAM son fundamentales porque le dan al libro una identidad visual poderosa.

Fragmento del cómic de Colmán Gutiérrez y ADAM.

Una lectura lúcida del Paraguay

Andrés Colmán Gutiérrez utiliza la ciencia ficción con sabiduría. El futuro le sirve para hablar del pasado y del presente. La Tercera Guerra del Chaco, las invasiones brasileñas y bolivianas, la intervención china y alienígena, las ruinas del poder político, los expedientes secretos, la corrupción de los gobiernos, los restos de un stronismo que nunca se va del todo, el fantasma de Mengele, el tiranosaurio robot con memoria dictatorial. Todo eso puede parecer delirante, pero bajo esa superficie delirante hay una lectura lúcida del Paraguay. La exageración le permite a Andrés decir verdades que, en clave realista, seguramente sonarían solemnes o demasiado dolorosas.

Frente a eso, Frankenstein González no es un héroe puro. Es argelado, algo brutal, desencantado, irónico, interesado en cobrar sus honorarios y bastante consciente de sus propias miserias. Pero conserva algo fundamental: una ética de fondo. No es un santo. Para nada. Mombyry chugui upéa. Es más bien un personaje contradictorio, con una moral plebeya y callejera. Y con un gran sentido de la justicia.

La ciencia ficción torna más visible el horror social. La ciudad futura, con todos sus avances tecnológicos, no consiguió eliminar las formas más antiguas de la crueldad: la explotación, el abuso de poder, la trata de personas, la complicidad de las autoridades, la impunidad. De nuevo, Andrés nos dice algo inquietante: podemos tener autos voladores, robots, armas futuristas y tecnología de la pesada, pero si no resolvemos nuestras miserias morales, el futuro va a ser solamente una versión más sofisticada de nuestro viejo y conocido infierno.

Otro momento de la presentación del libro en la FIL. / Foto: Marian Ortega Esquivel.

Una coherente textura narrativa

Algo que me parece también digno de subrayar es la virtud que tiene Andrés de introducir palabras y prácticas bien paraguayas sin convertirlas en adorno yrei. El guaraní, el jopara, el tereré, el pohã ñana, el Luisón, el Panteón, la Comisaría Tercera, la memoria del stronismo, la calle, el bar, la niña, la abuela: todo forma parte de una coherente textura narrativa. Por eso el libro tiene algo que, a mi juicio, es extremadamente valioso: construye ciencia ficción desde la paraguayidad más honda. No se trata simplemente de ciencia ficción que tiene a Paraguay como un mero telón de fondo, poniendo naves espaciales sobre el cielo asunceno como alguien que cambia su fondo de pantalla en Windows. Andrés imagina cómo hablaría, qué comería, qué recordaría, qué temería y qué bromas haría el paraguayo del futuro.

Y la lengua es vertebral en esta operación. Andrés escribe con una oralidad ágil, llena de humor, giros populares, comentarios sarcásticos, referencias guaraníes y frases que parecen dichas en una mesa de bar. Es esa oralidad la que da velocidad al relato y, al mismo tiempo, le da raíces firmes. Lejos de neutralizarla, el futuro tecnológico intensifica la voz paraguaya. La ciencia ficción suele correr el riesgo de volverse fría y demasiado fascinada por sus aparatos tecnológicos. Aquí ocurre lo contrario: la tecnología está contaminada por el olor de la empanada de jakare, por la cerveza del Fido Bar, por el polvo omnipresente de los edificios derruidos, por las esencias del pohã ñana derramado en la vereda, por las bromas de un detective que sabe que ivai pero ivistóso.

El humor es otro elemento a destacar. Heta apuka. El humor en este libro es una forma de inteligencia. Andrés se ríe de los poderosos, de los mitos patrióticos vaciados, de los discursos grandilocuentes, de la solemnidad autoritaria, de la cultura política paraguaya, de los delirios racistas e incluso de su propio protagonista. Ese humor, que permite que el libro avance con ligereza, nunca le quita gravedad a lo que cuenta.

Un libro híbrido muy paraguayo

Estamos, entonces, ante un libro híbrido y muy paraguayo. Híbrido en sus géneros: policial negro, ciencia ficción cyberpunk, sátira política, historieta, aventura, distopía, relato popular. Híbrido en sus referencias: Frankenstein, Blade Runner, el policial duro, la mitología guaraní, la Guerra del Chaco, el stronismo, la memoria urbana de Asunción. Híbrido también en su tono: cómico y trágico, violento y tierno, futurista y nostálgico, desmesurado y fácilmente reconocible.

Y quizás allí esté su mayor mérito: este libro nos invita a imaginar el futuro sin dejar de mirar nuestras ruinas. Nos dice que el Paraguay del porvenir puede estar lleno de androides, mutantes, autos voladores y memorias interplanetarias, pero va a seguir teniendo que enfrentarse a sus viejos problemas: la corrupción, el autoritarismo, la desigualdad, la violencia contra los débiles, el saqueo y la impunidad.

Frankenstein González, ese hombre remendado, es tal vez una metáfora del Paraguay mismo: un país hecho de heridas, reconstruido una y otra vez después de las guerras, los saqueos, las dictaduras y las catástrofes. Un país lleno de cicatrices, pero que todavía es capaz de caminar, de correr, de pelear y de mirarse a sí mismo. Un país que, como el protagonista, puede estar hecho de retazos, pero conserva una vitalidad extraña y obstinada.

Por todo eso, te felicito, querido Andrés. Por todo eso, celebro tu nueva obra. Porque divierte, porque se lee con placer, porque tiene ritmo, porque tiene imaginación, humor, porque mezcla géneros con soltura, porque amalgama el cómic y la narrativa breve, porque le habla tanto al lector joven como al adulto, porque no subestima al público y porque demuestra que la ciencia ficción paraguaya puede tener calidad, que puede ser audaz, popular, crítica y al mismo tiempo sustanciosa y gratificante.

Ya para terminar porque ipuku’íma, Andrés Colmán Gutiérrez nos entrega aquí un Paraguay futuro que, como toda buena ficción, habla intensamente del presente. Nos invita a entrar en una Asunción destruida pero viva, a caminar entre ruinas, a escuchar blues en el infierno chico, a seguir a un detective hecho de pedazos y a descubrir que, en medio de tanta oscuridad, todavía hay personajes capaces de ponerse del lado de los más débiles. Y eso, lomitã, tanto en la literatura como en la vida, no es poca cosa, sino todo lo contrario.

Aguyjevete. Muchas gracias.