“Los hombres que desaparecían los viernes”, la impactante primera novela de Eduardo Quintana

El jueves 11 de junio, en el espacio K Arasa, en la ciudad de Caacupé, el periodista y escritor Eduardo Quintana lanzó su primera novela ‘Los hombres que desaparecían los viernes. Mis 100 citas de Tinder’, como parte de una gira cultural por varios puntos del país. La presentación estuvo a cargo de Desirée Esquivel Almada, directora ejecutiva de El Otro País. Reproducimos sus palabras, al igual que las pronunciadas por el autor.

PRESENTACIÓN DE DESIRÉE ESQUIVEL ALMADA

“Una de las radiografías más lúcidas y despiadadas de las relaciones humanas en el siglo veintiuno”

“Hoy nos convoca una obra singular, un texto que bajo una apariencia lúdica o incluso escandalosa esconde una de las radiografías más lúcidas y despiadadas de las relaciones humanas en el siglo veintiuno. Me refiero a ‘Los hombres que desaparecían los viernes. Mis 100 citas de Tinder’, del escritor y periodista paraguayo, mi amigo Eduardo Quintana.

Cuando nos acercamos por primera vez a este libro, podríamos caer en la tentación de pensar que estamos ante un simple catálogo de anécdotas jocosas o desventuras amorosas de internet. Sin embargo, como bien advierte el profesor y periodista Enrique G. Machuca en su magnífico texto que al final se puede leer, esta obra funciona en realidad como un crudo laboratorio sociológico. Machuca describe este ecosistema digital como un auténtico mercado persa de la afectividad, un espacio donde la intimidad se ha mercantilizado y donde las neurosis urbanas de una ciudad como Asunción se aceleran a la velocidad de un deslizamiento de pantalla. No estamos leyendo chismes de pasillo; estamos presenciando un estudio de campo sobre el deseo, el descarte inmediato y la profunda soledad que anida detrás de los perfiles perfectamente filtrados.

Para entender la urgencia de esta obra, debemos ir al origen, a las primeras páginas del texto que marcan el tono afectivo de todo el trayecto. En las páginas cinco y seis, el narrador nos abre su intimidad sin tapujos. La travesía en Tinder no nace de la frivolidad, sino de un quiebre: surge como un mecanismo de defensa frente a un duelo amoroso, un intento casi desesperado de anestesiar el dolor de una dolorosa ruptura sentimental.

Es así como se desata la primera crónica, la que le da ese sugerente y magnético título al libro: el enigma de los hombres que desaparecían los viernes. El protagonista nos describe una dinámica desconcertante: encuentros intensos, conversaciones que fluyen con aparente honestidad de lunes a jueves, promesas implícitas de complicidad que construyen una burbuja de cercanía. Pero al llegar el fin de semana, el velo cae. El viernes se convierte en una frontera infranqueable donde esos hombres simplemente se esfuman, se vuelven fantasmas. Es la instauración de la sospecha. Edu nos revela aquí la primera gran contradicción del entorno digital: la convivencia con sujetos que operan bajo agendas ocultas, dobles vidas o, peor aún, una incapacidad endémica para sostener una presencia real cuando el tiempo del ocio y el compromiso social los reclama en el mundo analógico.

A lo largo de estas crónicas, el autor se despoja del pudor y asume el rol de un cronista de Indias en un territorio por explorar, registrando con ironía y compasión la fauna humana que habita la aplicación.

Quiero detenerme en dos estaciones específicas de este viaje que ejemplifican la maestría narrativa de Quintana. La primera es la Cita Número 29. En ella presenciamos la disección de la máscara del estatus. El perfil analizado es el del profesional intachable: el médico, el intelectual o el hombre de negocios exitoso que utiliza su posición corporativa y su prestigio social como el anzuelo definitivo. Sin embargo, al despojarlo de la bata o el traje, el encuentro revela una abismal vacuidad afectiva. El estatus se descubre como una mercancía de validación narcisista; se busca el match para alimentar el ego, no para albergar al otro.

El segundo caso es la Cita Número 70, titulada de forma brillante como ‘Expelliarmus’. Aquí, el universo pop y los códigos de Harry Potter sirven como metáfora de los mecanismos de evasión adultos. En los bares de Villa Morra, los personajes juegan a usar disfraces de su adolescencia o filias culturales para no afrontar la madurez. El conjuro de desarme no se usa para vencer a un enemigo oscuro, sino para desarmar de antemano cualquier asomo de vulnerabilidad u honestidad emocional.

Un aspecto fundamental que eleva esta obra por encima de cualquier relato genérico sobre aplicaciones de citas es su arraigo geográfico. Asunción no es un simple escenario inerte; la ciudad es un personaje vivo, un testigo que respira y condiciona los desencuentros.

Eduardo Quintana nos pasea por una cartografía urbana del deseo y la alienación. Caminamos junto a él por los pasillos climatizados del Paseo La Galería, nos sentamos en los cafés del centro histórico que resisten al olvido, y transitamos las avenidas congestionadas bajo el aplastante calor asunceno. Hay una profunda carga poética y crítica en este contraste: la modernidad reluciente de las torres de cristal de la nueva zona corporativa choca de frente con la desolada precariedad de los sujetos que habitan sus mesas. Personas que se sientan una frente a la otra en un bar de moda, pero cuyos ojos permanecen fijos en el resplandor de sus pantallas, buscando en el espectro digital lo que son incapaces de reconocer en el cuerpo que tienen a centímetros de distancia. La ciudad se vuelve así un laberinto de espejos donde todos se buscan, pero nadie se encuentra.

Hacia el final del trayecto, el libro nos depara su tesis más desgarradora y profunda. Debemos remitirnos directamente a la página 173, donde se abandona la sátira para entregarnos una conclusión de un altísimo calibre filosófico: el concepto de la Odisea Invertida.

Todos conocemos el mito clásico de Homero. Ulises emprende un viaje plagado de monstruos, sirenas y peligros, pero toda su travesía tiene un norte claro: regresar a Ítaca, volver al hogar, reencontrarse con Penélope y, en ese retorno, restaurar su identidad y su centro. Pues bien, el autor nos explica que el navegante contemporáneo de Tinder vive exactamente la experiencia contraria. El viaje a través de las cien citas no es un camino de regreso a casa, sino una ruta de alienación y desintegración. Con cada match efímero, con cada encuentro fragmentado, con cada rechazo estandarizado, el sujeto no vuelve a sí mismo, sino que se aleja cada vez más de su propio centro. Cada cita vacía arranca un pedazo de su humanidad, dejando al héroe digital varado en un mar de rostros intercambiables, más fragmentado y más solo que cuando instaló y utilizó la aplicación por primera vez.

Para ir cerrando, estimadas amigas y amigos, ‘Los hombres que desaparecían los viernes’ no es una condena moralista a la tecnología, ni tampoco un lamento superficial sobre el desamor.

Es, fundamentalmente, un espejo incómodo. Cien citas después, Eduardo Quintana no nos ofrece un final feliz ni una receta mágica para encontrar la pareja ideal bajo el dominio del algoritmo. Nos regala algo mucho más valioso: un testimonio honesto, valiente y profundamente humano sobre la incansable necesidad que tenemos todos los seres humanos de ser vistos, reconocidos y amados, incluso en una época que nos empuja a tratarnos como productos de consumo desechable.

Cuando hoy cerremos este libro, o cuando nos retiremos de esta sala, la pregunta seguirá flotando en el aire: ¿Quiénes somos realmente cuando la pantalla se apaga y el viernes por la noche nos devuelve el silencio?”.

Momento de la presentación de la novela de Eduardo Quintana en el Espacio K Arasa, de Caacupé. / Gentileza.

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PALABRAS DEL AUTOR, EDUARDO QUINTANA:

“La fe, el algoritmo y la soledad”

“Buenas noches. Gracias por recibirme hoy en Caacupé.

La elección de esta ciudad no es azarosa. Caacupé forma parte de mi propia historia. De niño venía con mi madre y mi abuela a la misa, a comer y luego a comprar un chanchito de barro y bañarme en los arroyos cristalinos de los años noventa.

Muchos años después viví algunos meses entre Caacupé y San Bernardino. Encontré algo que a veces cuesta hallar en las grandes ciudades, la tranquilidad. Caminar por el Parque Lagorá, sentarme a leer, tomar un helado en Hiro, conversar con la gente. Nada extraordinario. Pero a veces la felicidad tampoco lo es.

Y también porque Caacupé aparece en el primer capítulo de Los hombres que desaparecían los viernes. Allí, una mujer que Alejandro conoce en Tinder le propone salir de Asunción y venir hasta aquí, a un restaurante. No les voy a contar lo que pasa después, pero esa escena tiene más peso de lo que parece a primera vista.

Por eso me parece que Caacupé es un buen lugar para hablar de esta novela.

Porque aunque muchos crean que trata sobre Tinder, la verdadera protagonista siempre fue otra cosa: la búsqueda humana de conexión. La necesidad de encontrar a alguien que nos escuche. La necesidad de que nuestra historia importe.

La pregunta que atraviesa todo el libro es, en el fondo, la misma que se hace quien peregrina hasta aquí: ¿Qué seguimos buscando?

Durante siglos, las palabras con las que entendíamos el amor, la esperanza, el deseo y el sufrimiento venían de la religión, de las tradiciones, de los relatos familiares y de la literatura.

Hoy esas palabras también las producen plataformas digitales.

Match. Swipe. Ghosting. Catfishing. Bio.

Vivimos una época curiosa. Desconfiamos de muchas instituciones tradicionales, pero depositamos una confianza enorme en sistemas que no comprendemos. Les entregamos tiempo, atención, dinero y decisiones a algoritmos que no vemos ni entendemos del todo.

El algoritmo es una presencia extraña. No habla, pero interviene. No siente, pero condiciona. No ama, pero participa de nuestras historias de amor.

Y entonces surge la pregunta que da origen al título del libro: ¿qué significa desaparecer en una época hiperconectada? Ya no hace falta irse físicamente. Basta con no responder. Basta con no escribir. Basta con convertirse en una notificación que nunca llega.

En la novela aparecen muchas formas de desaparición contemporánea: el ghosting, el silencio digital, la conversación que se evapora. Pero hay otra más profunda: la desaparición de la atención y de la escucha.

Nunca habíamos estado tan conectados y, al mismo tiempo, tan expuestos a sentirnos solos. Por eso me fascina la relación entre Caacupé y Tinder.

A simple vista parecen mundos opuestos. Pero quizá no lo sean tanto. En Caacupé, miles de personas llegan buscando una señal. En Tinder, millones deslizan perfiles buscando una respuesta. En Caacupé se busca una intercesión. En Tinder se busca un match. En Caacupé se encienden velas. En Tinder se encienden pantallas.

Las formas cambian. Las tecnologías cambian. Pero las preguntas siguen siendo las mismas. ¿Cómo encontramos a los otros? ¿Cómo evitamos la soledad? ¿Cómo hacemos para no desaparecer?

Y quizá esa sea la verdadera razón por la que escribí este libro. No para hablar de una aplicación ni de cien citas. Lo escribí porque sigo sospechando que, detrás de todos los algoritmos y todas las pantallas, seguimos siendo criaturas que buscan.

Buscamos amor. Buscamos conversación. Buscamos refugio. Buscamos que alguien nos diga que nuestra historia importa. Y tal vez la literatura exista precisamente para eso, para recordarnos que todavía estamos aquí.

Porque un perfil puede desaparecer. Un chat puede borrarse. Un algoritmo puede olvidarnos. Pero una historia contada a tiempo puede sobrevivir a todo eso.

Quizá esa sea la diferencia entre una aplicación y una novela. Las aplicaciones intentan conectar personas. La literatura intenta comprenderlas.

Y tal vez por eso seguimos leyendo. Porque todos tememos desaparecer alguna vez. Desaparecer de una conversación. Desaparecer de una relación. Desaparecer de la memoria de alguien.

Pero mientras una historia siga siendo contada, mientras alguien recuerde una voz, una conversación o una vida, la desaparición nunca es completa. Quizá escribir sea justamente eso. Una forma de dejar rastros. Una forma de decir “estuve aquí, en algún momento”.

Y quizá leer también lo sea. Porque cada libro es el encuentro entre dos personas que no quieren desaparecer del todo.

Aquí, cada diciembre, vienen cientos de miles de personas de todo el Paraguay y de otros países para cumplir una promesa a la Virgen de Caacupé, figura central de una tradición religiosa que lleva siglos viva. No desaparecen. Al contrario, son testimonios vivos de que historias contadas hace generaciones no solo siguen vigentes, sino que todavía tienen poder.

Y quizá allí se encuentre una enseñanza que trasciende tanto a la religión como a la tecnología. Cambian los templos. Cambian los lenguajes. Cambian las plataformas.

Pero seguimos buscando aquello que nos permita sentir que nuestra vida forma parte de una historia más grande que nosotros.

En Tinder, millones de personas buscan cumplir una promesa distinta, la de conectar, la de vincularse, la de no quedar fuera del encuentro con el otro. Algunos lo logran. Otros siguen deslizando. Pero en ambos casos, lo que está en juego es lo mismo: la esperanza de no desaparecer del todo en la mirada de alguien”.

Andrés Colmán Gutiérrez, Eduardo Quintana y Desirée Esquivel Almada, durante la charla sobre el libro con los presentes. / Gentileza.
Portada del libro que se presenta en varias ciudades del país. / Gentileza.