A Sole Núñez la conocí a inicios de la década del 2000, cuando los chicos y chicas de la organización Un Techo para Mi País me invitaron a dar una charla sobre los desafíos para la juventud, durante un campamento urbano en la Plaza de las Américas, en Asunción.
Soledad era la coordinadora de ese dinámico grupo de jóvenes, en su mayoría provenientes de clase media y alta, que dedicaban su tiempo a construir viviendas de estilo prefabricadas para familias humildes del bañado, de asentamientos suburbanos y campesinos, que, hasta entonces, en su mayoría habitaban en míseras chozas de hule y cartón, y que el trabajo de estos jóvenes les permitía acceder a una casa con mejores condiciones de dignidad.
Esa noche conversamos por primera vez. Me dijo que leía mis reportajes sobre temas sociales en Última Hora y que los analizaban en la organización, porque les inspiraban en sus trabajos de voluntariado. Me sentí halagado de que las cosas que uno escribe sirvan para algo así.


Construyendo en el Alto Paraná
La volví a encontrar en marzo de 2009, en Ciudad del Este, cuando me encontraba trabajando en la Redacción Regional de Última Hora en el Alto Paraná y con la compañera Sofía Masi Verón acudimos a realizar un reportaje sobre una jornada de trabajo de los chicos y chicas de Techo (habían acortado el nombre de la organización), que estaban construyendo casas en un asentamiento de gente muy pobre, en las inmediaciones del río Acaray.
Allí estaba Sole, ensuciándose las manos y las ropas junto a una cuadrilla de chicos y chicas del movimiento, en su mayoría también hijos e hijas de familias de bien de la frontera esteña, a quienes yo les preguntaba qué les mueve para dejar sus cómodas residencias del Área 1 o del Paraná Country Club para venir a cubrirse las ropas y el alma con el polvo o el barro rojo, a desollarse la piel con el martillo o el serrucho y todos comentaban que lo hacían por el espíritu cristiano de caridad y solidaridad con los pobres que les habían inculcado en la Iglesia y en el Colegio. Soledad solamente sonreía y me decía: “¿Ves de qué se trata esta misión social de la que hablamos aquella noche, en la plaza de Asunción?”.
Después solo la seguí a la distancia, cuando viajó a estudiar y capacitarse, cuando dejó Techo para incursionar en el mundo político, cuando asumió como ministra de la Senavitat en el gobierno de Horacio Cartes y no lo hizo mal, demostró desde una estructura del Estado lo que había hecho muy bien desde la sociedad civil: dirigir la construcción de programas de vivienda para gente que la necesita. Aunque a quienes habíamos admirado su primera etapa no dejaba de molestarnos que apareciera rodeada de personajes tan abominables de aquel gobierno. Por eso sentimos un aire fresco cuando dejó el ministerio y empezó a trabajar con mucho énfasis nuevamente en programas del llamado “tercer espacio”, vinculándose aún más con la sociedad civil y se acercó a fuerzas políticas de la oposición.


Una charla con los religiosos
Volvimos a encontrarnos personalmente en julio de 2025, cuando la asamblea anual de la Conferencia de Religiosos y Religiosas del Paraguay (Conferpar) tuvo la gentileza de invitarnos a ella y a mí para brindarles nuestra visión sobre la coyuntura política del país en una charla compartida.
Ya para entonces ella había decidido entrar a competir por ser candidata a la intendencia municipal de Asunción y no pude evitar hacer varias bromas acerca de lo que le esperaba.
“No sabés en lo que te estás metiendo”, le dije, contándole acerca de mi experiencia de haber participado del Movimiento Ciudadano Asunción para Todos, luego de la caída de la dictadura, que logró la histórica victoria del entonces sindicalista y médico Carlos Filizzola como intendente de Asunción en 1991, cuando sentí en carne propia la frustración de no poder llevar adelante tantos buenos proyectos debido a la burocracia, los ataques políticos y las diferencias internas. “Sí, sé muy bien lo que me espera, pero creo que estoy preparada para enfrentar los desafíos”, me respondió.

El perfil que Asunción necesita
Acompañé su emotiva y heroica campaña política desde la distancia, con su dinámico equipo. Ya no soy asunceno, ahora soy atyreño y no voto más en la capital, pero mucho de lo que ella fue construyendo con un equipo tan aguerrido y voluntarioso me recordó aquella gesta de 1990 y 1991, cuando un movimiento ciudadano que inició la era de las visitas casa por casa y la movilización vecinal desde las bases, demostró que se podía ganar a las estructuras de los partidos más poderosos del país.
Sé que Sole no tiene el perfil revolucionario de una Johanna Ortega, como quizás muchos querrían, pero sí tiene un perfil técnico, de estadista, de mujer capacitada y con experiencia en la administración de la cosa pública, que es quizás lo que ahora más necesita una ciudad capital arrasada, con el alma tan golpeada, que pide a gritos ser reconstruida. Y no le falta coraje, radicalidad ni valentía, como lo demostró en estos días, al plantarse sin miedo ante las patoteadas mediáticas del impresentable Nenecho.
Así como en esto días el amigo Juan Alberto Migliore contó la emotiva anécdota de aquella joven ingeniera civil que se ofreció ir a trabajar en los peligrosos territorios norteños dominados por el EPP y la FTC, yo rescato estas imágenes de aquella Sole de 2009 con su martillo en los arrabales del Este, trabajando codo a codo con los chicos y chicas pudientes del Alto Paraná para darles una casita mejor a los moradores de chozas de hule y cartón.
La sonrisa de felicidad de esa señora ante su nueva casa en construcción lo dice todo.
Le doy un voto de confianza a mi querida amiga, esperando que siga siendo esa misma persona que conocí en esos años y que seguramente es mucho mejor.


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