Cuando accedí a las primeras imágenes de video en la noche del domingo 28 de setiembre de 2025, no pude evitar un extraordinario déjà vu (expresión francesa que significa “ya visto”, la rara sensación de haber experimentado previamente una situación que en realidad es nueva).
Al ver a los cascos azules de la Policía Nacional avanzando en tropel por las calles del microcentro de Asunción, a las bandadas de motociclistas Linces atropellando a personas en las esquinas y en las veredas, a los uniformados a caballo cargando sin piedad contra manifestantes o ciudadanos que corrían aterrorizados, me acordé de aquella trágica noche del #31M (31 de marzo de 2017, durante el llamado “segundo Marzo Paraguayo”), cuando tras una gran movilización ciudadana que logró impedir la reforma ilegal de la Constitución Nacional que planteaba la reelección del entonces presidente Horacio Cartes, todo acabó en la quema de una parte del edificio del Congreso Nacional y en una “orden superior” que ordenó a la policía “salir a cazar” a mansalva a manifestantes en las calles, con decenas de personas golpeadas y arrestadas —muchas de ellas no tenían nada que ver con la movilización—, además de un ataque policial ilegal a la sede del Partido Liberal, con el asesinato del joven Rodrigo Quintana, tuve la sensación de estar viendo otra vez una película repetida.
Era la misma táctica represiva totalitaria de aquella terrible noche de hace ocho años, que el actual gobierno cartista colorado del presidente Santiago Peña y su padrino político Horacio Cartes volvían a aplicar, esta vez para intentar aplacar o atemorizar a una movilización ciudadana de protesta, que en principio no significaba un gran riesgo político para su gobierno, ya que no iba a tener la fuerza suficiente para sacudir a la todavía poderosa estructura que domina y maneja arbitrariamente el Estado —¿qué son poco menos de 400 manifestantes contra unos 3.000 policías movilizados?—, pero no: había que dar una dura lección a puros garrotazos, balines de goma y atropellos violentos, aunque eso significara una vez más llevarse por delante varios artículos de la Constitución Nacional y los principios básicos de un sistema democrático.

Luces y sombras del GenZ
Quienes tenemos suficiente memoria y una larga experiencia política desde los duros años de la dictadura stronista, no teníamos mayores expectativas acerca de esta promocionada “Marcha Nacional” autoconvocada por la llamada Generación Z Paraguay, con el lema “No queremos corrupción”, programada para la tarde del domingo 28 de setiembre, en el microcentro de la capital, aunque la apoyamos decididamente.
No es la primera vez que se intenta una movilización de este tipo, convocadas desde las redes sociales, sin una organización estructurada y visible —recuerden los famosos “after office revolucionarios” en 2012, las marchas de los “indignados” del #15NPY en 2013, que lograron una gran participación ciudadana pero se diluyeron con el tiempo—, en este caso buscando emular un poco lo que sucedió recientemente en Nepal, en donde el descontento juvenil por la censura a las plataformas digitales provocó una revuelta que en pocos días tumbó al Gobierno, pero las condiciones culturales, políticas y sociales entre el Paraguay y Nepal son un poco diferentes.
Probablemente, las condiciones específicas que le dan resonancia y respuesta mediática a este tipo de movilizaciones constituyen también su principal debilidad, debido a la falta de estructura organizativa y de disciplina que tienen los partidos políticos o los gremios con trayectoria, que dificultan su continuidad.
Lo que vimos este domingo fue, de todos modos, admirable. Los participantes no fueron mayoritariamente los jóvenes de la Generación Z (el lema de “somos el 99%” suena un poco pretencioso), ya que también había muchas personas mayores, jubilados, campesinos, indígenas, entre ellos muchos de los históricos luchadores y luchadoras desde la época de la dictadura, que se mantienen todavía en pie de resistencia con una coherencia digna de respeto. Pero sí, había jóvenes, chicas y chicos de esta era digital que no conocieron los rigores del stronismo, pero que manifiestan una hermosa pasión de defender la libertad y la democracia, de enfrentar la corrupción y el autoritarismo, en una época en que avanzan nuevos y viejos proyectos totalitarios en el mundo, incluyendo al Paraguay.
No podemos ignorar, sin embargo, que en una sociedad de tendencia mayoritariamente conservadora y una población que en gran medida sigue sosteniendo electoralmente a una rosca política corrupta, que mantiene nexos con el crimen organizado, que ve con buenos ojos los resultados macroeconómicos y no le importa que se sacrifiquen libertades ni persistan graves problemas sociales, las propuestas de movilizaciones como las de la Generación Z dificilmente encontrarán adhesión masiva.
Por el contrario, como se ha visto en los días previos, son muchos los ataques y los intentos por desacreditar la protesta, alegando que sus organizadores son partes de “una minoría”, “idiotas útiles”, “zánganos”, “haraganes”, “zurdos”, etc.

Innecesaria brutalidad policial
La difusa conducción de la movilización y las contradicciones entre quienes se dicen voceros, también les ha restado concurrencia. A la misma hora en que varios de los manifestantes eran apaleados por la policía, miles de quienes podían haber estado en la movilización preferían asistir al Festival Reciclarte en San Bernardino, por no hablar de muchos otros eventos culturales que también se realizaban en la tarde y noche del domingo, como si estuviésemos conviviendo en dimensiones paralelas.
La brutal respuesta represiva por parte del gobierno colorado cartista a la movilización fue exagerada y atentatoria contra los derechos humanos y constitucionales. Las argumentaciones que brindó la cúpula policial al día siguiente para justificar la represión no convencen ante la innegable evidencia de los videos grabados en las calles, mostrando la innecesaria brutalidad policial.
Los posteriores elementos que surgieron ratifican aun más las mentiras de los jerarcas de la Policía. Hablan de que varios de los detenidos tenían órdenes de captura, pero el informe del Ministerio Público tras la liberación de los detenidos afirma: «…ninguno registra antecedentes penales. Se recibieron y analizaron los informes de las actuaciones policiales respecto a los incidentes ocurridos durante la manifestación. Del análisis se desprendió que algunas de las actas de procedimiento eran genéricas y no especificaban quiénes fueron los responsables. Por ello, del primer examen de los indicios y elementos recogidos por la Fiscalía, no surgen suficientes elementos de sospecha razonable que justifiquen mantener la privación de libertad de estos jóvenes.» Ha upei?
Llama la atención la ausencia y el silencio casi generalizado de muchos referentes principales de la actual débil oposición política. Probablemente sienten que la aparición de un sector como los de la Generación Z les roba la escena o sienten desconfianza acerca de su composición, pero con estas actitudes solo contribuyen a debilitar aun más el ya debilitado espacio de necesaria confrontación a un oficialismo que se mantiene con mucho poder.
Hay que aplaudir la solidaria respuesta de algunos defensores de derechos humanos, como los abogados Jorge Rolón Luna, Raquel Talavera, Diana Vargas, la senadora Yolanda Paredes y el diputado Raúl Benítez, entre otros, como al Mecanismo Nacional de Prevención de la Tortura (MNP), que se involucraron desde el primer momento para asistir a los detenidos, evitando mayores abusos, hasta lograr su liberación a la tarde siguiente. También es destacable que los representantes del Ministerio Público se hayan resistido a seguir el libreto oficial del Gobierno, procediendo finalmente a contradecirlo y a liberar a los detenidos sin que el episodio constituya un antecedente criminal que empañe sus hojas de vida. Son pequeños factores que nos hacen creer que todavía hay resquicios positivos de institucionalidad democrática.
¿Cuánto afectará este incidente de violencia represiva que repercutió internacionalmente a esta actual cúpula política?
¿Significará acaso un desgaste mayor de su popularidad o impondrá un mayor miedo para evitar que más gente salga a las calles?
Es pronto para sacar conclusiones, pero es saludable para la democracia y la lucha por las libertades que la Generación Z haya marcado presencia en el panorama político nacional, aun con sus contradicciones y todavía débil convocatoria.
Felicitaciones por eso.
