Del monocultivo a la diversidad: la historia de los feriantes que convirtieron la crisis en oportunidad

Hace tres décadas, un grupo de familias de Alto Paraná encontró en la organización comunitaria una salida a la crisis del algodón. Lo que empezó como una feria improvisada en el barrio obrero de Ciudad del Este, hoy sostiene a las familias y comunidades de más de 18 distritos y se convirtió en un ejemplo de soberanía alimentaria.

“Antes, nadie quería decir que era agricultor. Hoy, gracias a la feria, recuperamos ese orgullo”, cuenta Don Teodoro Galeano Pintos, presidente del Centro de Productores Feriantes del Alto Paraná.

La historia comenzó a inicios de los años 90, cuando el algodón —principal sustento de miles de familias campesinas— se desplomó tras la llegada de la plaga del picudo y otros problemas que guardaban relación con el mercado internacional. En medio de la incertidumbre, los productores decidieron juntarse y buscar una alternativa: vender directamente su producción a los consumidores, sin intermediarios.

El lugar elegido fue el Barrio Obrero, uno de los más emblemáticos de Ciudad del Este. Allí levantaron su feria, que con el tiempo dejó de ser un espacio de compra y venta para convertirse en un punto de encuentro de la comunidad. Esta actividad permitió mejorar la economía popular, enriqueció la alimentación local y generó solidaridad entre vecinos, dando paso a su vez, a la soberanía alimentaria.

En la feria permanente hay todo tipo de verduras y hortalizas traídas directamente de las granjas familiares campesinas/ FOTO Manuel López Machuca.

Paraguay, entre el modelo agroexportador y la agricultura familiar

Paraguay ha incorporado el concepto de soberanía alimentaria en varios instrumentos legales y planes públicos, como el Proyecto de Ley Marco de Soberanía y Seguridad Alimentaria y Nutricional y el PLANAL (Plan Nacional de Soberanía y Seguridad Alimentaria y Nutricional). Sin embargo, como señala el estudio del CADEP, el país enfrenta una tensión estructural entre dos modelos productivos.

Uno de ellos guarda relación con el modelo agroexportador. En este tipo de negocios, se realizan monocultivos de grandes extensiones, con la ayuda de grandes maquinarias y su producción está orientado al mercado extorno.

Por otra parte, tenemos a la agricultura familiar campesina, que tiene como objetivo vender en el mercado local, con una diversidad de cultivos, que a la vez son sostenibles.

Este último modelo, es más justo socialmente, porque ayuda directamente a las familias y comunidades rurales, y es más respetuoso con el medioambiente. Sin embargo, frecuentemente carece de gran infraestructura, cuenta con poco acceso créditos y tiene mayores dificultades para vender sus productos en el mercado. A pesar de ello, existen experiencias que demuestran que la organización popular puede ser una respuesta efectiva.

La historia de los feriantes del Alto Paraná

Don Teodoro Galeano Pintos, presidente del Centro de Productores Feriante del Alto Paraná, representa a más de 18 distritos, que hace 28 años (entre 1992 y 1993), decidieron enfrentar la crisis del algodón con una solución propia: crear una feria de venta directa entre productores y consumidores. “La feria nació como respuesta a una crisis. Hoy, gracias a ella, las familias tienen ingresos semanales, pueden sostener la educación de sus hijos y evitar la migración forzada”, explica Galeano.

Bajo el gobierno departamental de Juan Carlos Barreto, los productores se reunieron con autoridades nacionales, departamentales y municipales para buscar alternativas. Así nació la feria, en el emblemático barrio obrero, el primer barrio fundado de Ciudad del Este.

Teodoro Galeano Pintos, presidente del Centro de Productores Feriante del Alto Paraná / FOTO Manuel López Machuca.

Este espacio, tiene un valor histórico para Ciudad del Este y además, en la actualidad es un punto de encuentro para la gastronomía y el comercio popular, así como para la organización comunitaria. Desde allí, se articula una red de productores que abastecen a la ciudad con alimentos frescos, sanos y accesibles.

Las ventajas y los desafíos

Por un lado, el proyecto recibió respaldo del Ministerio de Agricultura, del Crédito Agrícola de Habilitación y de técnicos especializados. Esto permitió a los asociados acceder a créditos, mejorar sus fincas y recibir capacitación constante. “Gracias al apoyo técnico y financiero, pudimos cambiar de rubro y estabilizar nuestra producción”, señala Galeano.

Por otra parte, el mayor desafío fue abandonar el monocultivo de algodón y pasar a una producción diversificada de frutas y hortalizas. “Aunque al principio los técnicos no estaban especializados en horticultura, el esfuerzo colectivo y el intercambio de conocimientos incluso con países como Brasil, Argentina, Bolivia y Corea del Sur permitió mejorar la calidad de los productos”, recuerda el productor.

El esfuerzo colectivo y la capacitación hicieron posible que la feria sea sostenible / FOTO Manuel López Machuca.

Mujeres y jóvenes: pilares de la organización

El trabajo de las mujeres ha fortalecido significativamente a la organización. Las mujeres lideran varias de las familias productoras, gestionan puestos de venta y son las responsables del espacio gastronómico de la feria, una parada obligatoria para disfrutar de lo mejor de la gastronomía paraguaya.

Todos los ingredientes provienen de su propia producción, lo que convierte a la cocina en una fuente doble: de ingreso seguro para sus seres queridos y de alimento saludable para la comunidad.

Asimismo, las nuevas generaciones, por su parte, son quienes heredan el conocimiento campesino. De esta manera, garantizan la continuidad del proyecto y aportan innovación, energía y visión de futuro. Su participación activa asegura que la feria no solo se mantenga, sino que evolucione.

La feria del Barrio Obrero de Alto Paraná cuenta con una exquisita gastronomía local, elaborada a partir de los productos de las huertas campesinas / FOTO Manuel López Machuca.

Impacto económico y social

Antes, los ingresos eran anuales y dependían del algodón. Hoy, con la producción hortícola, las familias tienen ingresos semanales que les permiten sostener la escuela, el colegio y hasta la universidad. Además, esto permite que puedan seguir viviendo en su ciudad, sin verse en la obligación de abandonar sus hogares rurales y se fortalece el tejido social de estas comunidades.

A pesar del éxito, los feriantes enfrentan desafíos como el cambio climático, la competencia desleal del contrabando y la necesidad de actualizar sus estatutos. Están considerando formar una cooperativa de productores, con apoyo de UNICAFE y Cresor de Brasil. “El gobierno debe tomar con seriedad este modelo y replicarlo en todos los distritos. Paraguay tiene tierras fértiles y condiciones ideales para producir alimentos, pero necesita acompañamiento estatal y control del contrabando”, asevera.

Con la producción hortícola, los feriantes logran sostener a sus familias / FOTO Manuel López Machuca.

La experiencia del Alto Paraná es un gran ejemplo de la soberanía alimentaria, porque encarna los seis principios de la misma: prioridad a la alimentación local, valoración del conocimiento campesino, respeto por la naturaleza, autonomía de los pueblos, comercio justo y participación democrática.

Más que una historia de éxito, es una propuesta concreta que puede ser replicada en otros territorios del país.

La paradoja de la producción de alimentos en la actualidad

La situación actual de la producción de alimentos en Paraguay refleja una paradoja: mientras el país exporta millones de toneladas de soja y carne, muchas familias campesinas luchan por acceder a alimentos sanos, tierra fértil y mercados justos. La soberanía alimentaria no es solo una consigna política, sino una necesidad urgente frente a la concentración corporativa, el cambio climático y la pérdida de biodiversidad.

La feria del Alto Paraná demuestra que la organización popular puede ser una solución real y sostenible. Cuando las comunidades se organizan, recuperan saberes, se apoyan mutuamente y construyen alternativas, el derecho a una alimentación digna deja de ser una utopía y se convierte en una práctica cotidiana. “La soberanía alimentaria empieza en la chacra, pero florece en la comunidad”, concluye el gremialista.

Leé también: La lucha de la yerba mate contra la contaminación minera en Paso Yobai