La Semana Santa del 2013 fue la primera vez que el grupo teatral Jakaira Expresión Alternativa visitó Tañarandy.
Con el recordado Enrique Escobar a la cabeza, estábamos en pleno proceso de investigación para montar La Espera, una puesta teatral que reunía a artistas de distintos grupos amigos. La obra abordaba el padecimiento de las víctimas de la dictadura stronista y, de manera simbólica, buscaba tomar elementos de la religiosidad popular. Por eso llegamos a Tañarandy: para vivir de cerca esa experiencia y nutrirnos de ella.
Hay momentos en que la vida te sorprende con encuentros inesperados. Apenas llegamos a la comunidad y nos acercamos a la Barraca, vimos al maestro Koki Ruiz en pleno ajetreo, dirigiendo luces, detalles técnicos, preparando la magia de los cuadros vivientes. A pesar del ritmo vertiginoso, accedía con sencillez a las fotos con visitantes. En una de esas pausas se acercó a nuestro grupo, y fue Enrique quien nos presentó y le explicó el motivo de nuestra visita.
El nombre de Jakaira captó inmediatamente su atención. Comenzó a hablar de la cosmovisión guaraní, y en segundos él y Enrique parecían dialogar con un entendimiento profundo, como si se conocieran de siempre.
Antes de seguir su camino, nos preguntó dónde nos hospedaríamos. Dijimos que ya teníamos un lugar, aunque en realidad aún no lo sabíamos. Entonces, con esa generosidad que lo caracterizaba, nos ofreció un espacio para acampar junto a su casa y nos abrió su taller para nuestras necesidades. A media hora de haber llegado, el maestro al que admirábamos nos recibía en su propio espacio de creación. Contuvimos la emoción, pero por dentro celebrábamos una alegría inmensa.
Ese 2013 vivimos Tañarandy desde todos los ángulos: ayudando con el maquillaje de los artistas de los cuadros vivientes, caminando el Yvága Rapé en la procesión, escuchando de cerca a los estacioneros que rompían el silencio de la comunidad campesina cada Viernes Santo, junto a más de veinte mil personas.
Desde entonces, nunca dejamos de volver.

Cada año fue distinto: colaborar en la logística, ser parte de los cuadros vivientes, encarnar personajes interactivos, siempre dispuestos a las exigencias del maestro.
La responsabilidad de Jakaira fue creciendo, y con el tiempo se sumaron otros grupos y artistas independientes bajo nuestro liderazgo. Cada año había una novedad, un desafío, una experiencia nueva que el maestro proponía.

La figura del Maestro
El maestro no se hace maestro por buscar títulos ni reconocimientos, no por alarde ni por verborragia, sino por lo que construye, por lo que mueve y por lo que inspira en los demás.
Así era Koki Ruiz. Su presencia bastaba: un andar pausado, casi silencioso, pero que imponía respeto y a la vez transmitía calma.
Había algo en su manera de estar que nos recordaba que el arte no es solo técnica, sino también actitud y entrega.
Lo vimos siempre detallista, riguroso, sin conformarse con menos de lo que su sensibilidad dictaba. Y a la vez cercano, querido y respetado por todos.
Cada año, entre risas y corridas, lo recordamos gritando con esa voz inconfundible: “¡Corvalán!”, pidiendo algún ajuste en las luces o en la escenografía; o apurando a Muñe con los vestuarios, porque en su universo todo detalle tenía sentido.
En paralelo, Chely Thompson, Ramonita Meza, y tantos otros, organizaban el maquillaje de los artistas, mientras sus hijas, Macarena y Almudena, seguían de cerca cada indicación, haciendo posible que las ideas del maestro se encarnaran en la realidad.
Pero Koki no solo dirigía: tejía vínculos. Tenía esa rara capacidad de unir a personas distintas bajo un mismo fuego creativo.
En medio del ajetreo, una mirada suya bastaba para recordarnos que estábamos formando parte de algo más grande que nosotros mismos. Con él aprendimos que el arte es comunidad, que no hay creación sin entrega, y que el verdadero maestro es aquel que deja huellas en el alma de los demás.

Aquella Semana Santa del 2024
La Semana Santa del 2024 fue distinta a todas.
Fue especial y dolorosamente única, porque sería la última con el maestro.
Ya con una enfermedad que le iba consumiendo el cuerpo, y con el físico visiblemente debilitado, Koki Ruiz estaba, como siempre, en La Barraca, al frente, dirigiendo con la misma pasión y entrega de todos los años.
No delegaba su esencia: seguía siendo el corazón de Tañarandy.
Ese año, a pesar del dolor y la dificultad, caminó el Yvagá Rapé.
Treinta mil almas lo acompañaban, pero cada paso suyo tenía el peso de una vida entera dedicada al arte, a la fe y a la gente.
Caminó con la calma de siempre, con ese andar pausado y esa leve sonrisa amable que eran ya parte de su identidad.
Quizás lo hizo con la certeza íntima de que sería la última vez, o quizás —como todo artista inmenso— con la sensación de que aún quedaba algo por terminar, un detalle pendiente en su obra infinita.
El sábado de Gloria de ese año nos regaló un gesto inolvidable: nos invitó, como siempre, al desayuno en La Barraca, pero esa vez fue distinto.
Habló más que nunca. Se permitió la pausa, la memoria, la ternura. Entre risas y silencios, compartimos anécdotas, evocamos a Carlucho, recordamos a Enrique —que se había marchado meses atrás— y, sobre todo, nos agradeció. Con la sencillez que solo tienen los grandes, nos miró y dijo: “¡Gracias por todos los años de colaboración!”.
Ese momento quedó grabado en el alma como una despedida sin palabras.
Al año siguiente volvimos, pero ya sin él.
Volvimos en su honor, porque su legado no cabe en una sola vida ni en una sola obra. Porque Koki Ruiz no fue solo un artista: fue un maestro, un anfitrión, un creador de mundos. Fue un hermano mayor, un guía silencioso, un amigo.
Fue y seguirá siendo una leyenda.
Hoy lo seguimos recordando en cada canto profundo de los estacioneros que rompen el silencio sagrado; lo vemos en los candiles encendidos que iluminan el Yvága Rape como si fueran estrellas en la tierra. Lo sentimos en cada pincelada que traza la senda sagrada, en cada detalle de la obra colectiva que levantó con tanto amor. Y lo seguimos escuchando en su frase de cabecera, aquella que ahora resuena como un eco eterno: “Todo ser humano es un artista y cada ser una obra de arte.”


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Hugo Cabrera es actor, dramaturgo, director teatral, fundador del Grupo Jakaira Expresión Alternativa, junto a Enrique Escobar y otros compañeros y compañeras, con sede en Itauguá. Es además fundador y director del grupo Malayunta PY Murga Teatro, con sede en Piribebuy. Ha publicado el libro “Ñoandu”, que recopila cinco obras teatrales de su autoría.
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