-Esta tierra sangra…
Fue la imagen más fuerte que percibió tras cruzar la frontera y pisar territorio paraguayo.
La tierra, de un intenso color escarlata en contraste con el vivo verde de la selva, parecía desangrarse hasta la agonía.
-En algún cuento de Roa Bastos leí que la tierra paraguaya era de sangre, pero hasta verla con mis propios ojos supuse que era solo una metáfora –me contaría Eduardo Galeano años después, en su aclamado retorno a Asunción, ya en tiempos de pretendida democracia.
El primer viaje cuasi clandestino fue a principios de 1967. La dictadura del general Alfredo Stroessner, que había llegado al poder con un golpe militar en 1954, se preparaba para perpetuarse con otro simulacro habitual de elecciones.
Galeano, entonces con 26 años de edad, todavía desconocido en el Paraguay como escritor e intelectual de izquierda, arribó en una misión periodística no declarada para el legendario semanario Marcha,buscando desnudar la mascarada electoral del stronismo.
Viajó en ómnibus a través de Argentina hasta la fronteriza ciudad de Posadas, Misiones, donde ingresó al país por Encarnación, en una lancha de pasajeros y mercaderías de contrabando que realizaba el paso por el río Paraná.
El nombre que figuraba en su pasaporte, Eduardo Germán María Hughes Galeano, no llamó para nada la atención de los pyrague (espías de la policía política de Stroessner) en el puesto fronterizo, siempre dispuestos a secuestrar a quien osara cuestionar al régimen dictatorial. Aquel hombre delgado y de buen aspecto, con un portafolios de ejecutivo, se parecía a uno más de los muchos extranjeros que llegaban en busca de hacer negocios y siempre eran bienvenidos.
Desde Encarnación hasta Asunción, unos 370 kilómetros, viajó en un atestado ómnibus, sentado junto a un campesino guaraní que regresaba desde el sur sin haber logrado hallar un empleo ocasional.
Esa primera conversación con su ocasional compañero de asiento le serviría años después para arrancar el capítulo paraguayo de Las venas abiertas de América Latina (1971).
“A nuestros ojos se abría el brillo enceguecedor de la vasta, despoblada, intacta tierra roja: de horizonte a horizonte, nada perturba la transparencia del aire en Paraguay…”.
Eduardo traía anotados en su agenda los nombres de algunos líderes de la resistencia paraguaya que le habían facilitado sus amigos exiliados en Montevideo. Fueron ellos quienes le ayudaron a conocer mejor la “realidad que delira” de este país mediterráneo, tal como la había definido certeramente a principios del Siglo XX el escritor y líder anarquista español Rafael Barrett.
Aquel primer reportaje sobre Paraguay se publicó en Marcha, con el sugestivo título “Apuesto al caballo del comisario”.
Allí Galeano describió con particular ironía el ambiente electoral:
“El Partido Colorado ocupa el gobierno y su candidato a la primera magistratura la viene ejerciendo desde hace trece años: es el general de Ejército Alfredo Stroessner, Segundo Gran Reconstructor, Líder del Renacimiento, Forjador de la Estabilidad Política y la Paz Interior del Paraguay, Gran Artillero, Corazón de Acero y, si se me permite arriesgar el aventurado pronóstico, muy probable triunfador en esta gran fiesta cívica”.
Esa primera visita resultó demasiado breve para su afán de explorador y cazador de historias, debido a los plazos de cierre periodístico. El uruguayo se quedó con ganas de adentrarse en otros territorios del país, con el interés despertado por todo lo que le habían contado en debatidas noches de asado y vino, sobre la rica historia y la cultura guaraní.
“Debo regresar y conocer mejor esta tierra que sangra…”, se prometió a sí mismo, mientras contemplaba desde el ómnibus la encendida llamarada en el horizonte.

El adiós a las fogatas ancestrales
-Nuestra tierra sangra, no solo por las muchas heridas de violencia que recibimos sus hijos, sino por las heridas que recibe ella misma, nuestra madre… –dice Margarita Mbywangi, líder de la comunidad indígena Aché de Kuetuvy, en el Departamento de Canindeyú.
Margarita era una niña arrancada de los brazos de sus padres cuando Eduardo Galeano regresó al Paraguay en su segundo viaje en 1972 y se disfrazó de hacendado uruguayo comprador de tierras para internarse en las entonces vírgenes selvas del Alto Paraná, que estaban siendo invadidas y destruidas aceleradamente por terratenientes y colonos brasileños amparados por el régimen stronista.
Los selváticos Aché, uno de los 19 pueblos originarios que sobreviven en el Paraguay, han sido víctimas de un genocidio sistemático por parte de la dictadura en las décadas del 60 y 70.
Hoy reclaman reparación ante la justicia a través de una querella radicada en abril de 2014 en el Juzgado Federal n° 5 en Argentina, a cargo del juez Norberto Oyarbide, con apoyo de la Fundación del ex juez español Baltazar Garzón, bajo la figura de la Jurisdicción Universal, ante el desinterés de la Justicia paraguaya en revisar el caso.
El expediente de la querella relata dramáticas historias de cacerías humanas contra los Aché, perseguidos en la selva por militares y colonos armados. Hubo grupos de hombres, mujeres y niños acribillados a balazos, o capturados y encadenados como animales, sometidos a ultrajes sexuales, castigos, ventas en esclavitud y “reeducación” de los “salvajes”, mientras sus tierras milenarias eran apropiadas por los abanderados del “nuevo progreso”.
La propia Margarita Mbywangi fue robada de su madre a los 5 años de edad y creció como “criadita” (esclavitud disfrazada de trabajo doméstico sin paga) en el seno de una familia blanca hasta los 16 años, lo que no le impidió indagar sobre sus orígenes y retornar a los 20 años junto a los suyos, en la comunidad Chupapou, en el Departamento de Canindeyú (que en los años 70 era aún parte del Departamento del Alto Paraná), donde ya no pudo encontrar a sus padres que habían muerto, aunque sí a algunos de sus hermanos.
Margarita regresó luego a su aldea natal, Kuetuvy, donde muy pronto se convirtió en líder principal (cacique), formó parte del partido de izquierda Tekojoja y durante el gobierno del presidente Fernando Lugo, en 2008, fue convocada a presidir el Instituto Paraguayo del Indígena, convirtiéndose en la primera mujer aborigen que llegó a un alto cargo gubernamental en la historia, pero fue víctima de una dolorosa situación de manipulación política por parte de Lugo y sus colaboradores, que la obligó a abandonar pronto el cargo.
Kuetuvy es hoy una comunidad que forma parte de la última reserva del sistema del Bosque Atlántico del Alto Paraná (BAAPA), acosada por los traficantes de rollos de madera y por los cultivadores de soja transgénica, además de las mafias del narcotráfico, que van rodeando a las poblaciones indígenas y campesinas, forzando su expulsión.
Las 60 familias que conforman la comunidad de Kuetuvy pudieron acceder a la propiedad de su tierra ancestral en julio de 2012, luego de una larga lucha que costó sangre y muchas lágrimas.
Otras comunidades de pueblos originarios han tenido menos suerte, como la de los Mbyá Guaraní, la de los mitos ancestrales de creación del mundo que Eduardo Galeano incluye en varios pasajes iniciales de su trilogía Memoria del Fuego.
A pocos kilómetros de los Aché de Kuetuvy, en la colonia Fortuna de Curuguaty, Canindeyú, varias familias Mbyá sobreviven en plena calle, tras haber sido expulsadas con violencia de la comunidad de Kavaju Paso.
“No tenemos a donde ir. Nos echaron por un presunto caso de paje (brujería), pero lo cierto es que nuestras tierras antiguas están siendo tomadas por los colonos brasileños que plantan soja, que fumigan nuestras casas con sus productos agrotóxicos, enfermando a nuestros niños y a toda nuestra gente”, revela el líder Juan Arce.
Son los descendientes de los Mbyá Guaraní que conoció el gran antropólogo paraguayo León Cadogan a mediados del Siglo XX, cuyos relatos míticos y enseñanzas religiosas transcribió en el recordado libro Ayvu rapyta (el fundamento de la palabra, 1959), principal fuente para las recopilaciones de Galeano sobre el mundo indígena en Paraguay.
Ahora los Mbyá ya no danzan alrededor de los tataipy (grandes fogatas comunitarias) al son de los takuapu (bastones rituales), ni siguen el vuelo de su ave sagrada, el maino’i o mainumby (colibrí), en busca del yvy marane’y (la tierra sin mal).
Muchos sobreviven en tierras cuya propiedad no consiguen asegurar, sin contar con caminos adecuados para sacar sus productos, ni con programas de asistencia estatal, y otros muchos prefieren migrar a las ciudades, levantar campamentos precarios en veredas y en corredores de edificios públicos, salir a mendigar junto a los semáforos, sucumbir al alcoholismo, a las drogas y a la prostitución.
Triste final para un pueblo de glorias guerreras y de ricas tradiciones comunitarias.
“La historia del Paraguay es la historia de la destrucción de la nación guaraní”, afirma el antropólogo jesuita español-paraguayo Bartomeu Meliá, uno de los que en la década de 1970 se atrevieron a denunciar el genocidio Aché por parte de la dictadura stronista.

Sinfonía en verde y rojo
En 1972, el pueblo de Corpus Christi era apenas un montón de casas de madera en medio de la selva, en la frontera paraguaya con Brasil, a casi 400 kilómetros al norte de la capital Asunción.
El único hotel era una rústica casona de madera, pero el nombre tenía resonancias de cadena internacional: Lapacho Hilton.
Allí se alojaban los muchos colonos y empresarios brasileños que llegaban en busca de vastas parcelas de tierra roja, en una nueva versión del sueño colonial de El Dorado, que en este caso perseguía al nuevo “oro verde”: el del floreciente agro-negocio que significaba el cultivo extensivo de la soja, a costa de derribar miles de hectáreas de bosques.
Durante el final del Siglo XIX y toda la mitad del Siglo XX, miles de hectáreas con la mayor parte de los bosques vírgenes permanecieron en poder de grandes empresas latifundistas con capital británico, argentino y brasileño, como La Industrial Paraguaya y la Mate Laranjeira, dedicadas a la explotación de la Yerba Mate, luego de que el Estado Paraguayo rematara generosamente las tierras públicas tras la Guerra de la Triple Alianza.
A partir de los años 60, la dictadura stronista recuperó gran parte de los viejos latifundios para volver a vender las tierras a otros nuevos inversores extranjeros aún más voraces: los terratenientes y colonos brasileños, que iniciaban un ciclo de deforestación indiscriminada y de cultivo masivo y extensivo de la soja, al igual que de explotación la ganadería a gran escala, mientras la dictadura negaba sistemáticamente el acceso a la tierra a un gran número de campesinos paraguayos.
Desde entonces, el Paraguay es conocido como uno de los países con mayor concentración de la propiedad rural. Aunque no existen cifras definitivas por falta de catastros actualizados, la Federación Nacional Campesina estima que el 85% por ciento de las tierras están en poder de apenas el 2,6 por ciento de propietarios. En contrapartida existen cerca de unos 300.000 agricultores sin tierras.
“Paraguay es la tierra sin hombres de los hombres sin tierra…”, describe en un juego de palabras el escritor Augusto Roa Bastos, en su novela Hijo de Hombre, donde también afirma que la tierra es roja no por una coloración mineral, sino por haber sido regada con sangre en las muchas muertes violentas generadas como represión a los levantamientos campesinos e indígenas que la reclaman.
En toda la región fronteriza conocida como el Alto Paraná, la tierra en realidad es arcillosa y de un color rojo vivo, debido a la presencia de minerales de laterita, especialmente el hierro. Los nutrientes que durante años le han proveído el Bosque Atlántico le han dado fama de ser uno de los tipos de suelo más fértiles del mundo, muy codiciado para la agricultura empresarial.
Este proceso de transformación sociopolítica y económica, conocido como “la invasión brasileña” o “el boom de la soja”, fue el que atrajo de nuevo a Eduardo Galeano al Paraguay en 1972, todavía en plena dictadura stronista.

Su segundo viaje ocurrió tras la publicación de su polémico libro Las Venas Abiertas de América Latina, en el cual incluyó un capítulo fundamental acerca de cómo la Guerra de la Triple Alianza contra el Paraguay (1864-1870) había aniquilado “la única experiencia exitosa de desarrollo independiente”.
Esa vez, la clandestinidad de su presencia fue aún mayor. Se hizo pasar por un rico hacendado uruguayo interesado en adquirir nuevas tierras. Su propósito era recorrer la región del Alto Paraná, desde las cataratas de Yguazú (en la triple frontera entre Paraguay, Brasil y Argentina) hasta las laderas de la Cordillera del Mbaracayú, al norte de la actual región de Canindeyú.
El extenso reportaje, titulado “Los nuevos dueños del Alto Paraná”, se publicó también en Marcha y está recopilado en uno de sus libros de antologías.
“He viajado en catraminas que demoran siglos, atravesando una neblina de polvo rojo que impregna todo y se le mete a uno en las uñas y en las raíces del pelo. He visto, a la vera de los caminos, los muñones de los árboles talados y quemados, las fogatas ardiendo, los paisajes de Monet y los de Tarzán: el encendido amarillo azufre de las plantaciones de soja y al lado la jungla de árboles gigantes”.
Su descripción del Lapacho Hilton en Corpus Christi, donde también tuvo que alojarse, es pintoresca:
“El hotel se ilumina a la luz de las velas y la comida se cocina a leña, no tiene sábanas ni paredes ni baño; las lagartijas y las arañas pasean por los tabiques bajos que separan las habitaciones”.
En ese lugar, que parecía sacado de una película del viejo oeste norteamericano, se cerraban negocios por millones de dólares en compras de tierra y en proyectos de agricultura empresarial, operaciones en las que se vendía impunemente la gran riqueza natural del país y se hipotecaba suicidamente su futuro.
En la actualidad, el Lapacho Hilton que conoció Galeano es solo una vieja foto en el museo de los pioneros. Hay nuevos hoteles cinco estrellas, con piscinas y televisión satelital, repletos de ejecutivos rubios con sombreros tejanos que se movilizan en lujosas camionetas todo terreno.
Desde Asunción hasta Corpus Christi se llega en pocas horas, a través de una flamante ruta asfaltada, pero en todo el trayecto ya no se observan ni siquiera muñones de las antiguas selvas.
Corpus Christi, al igual que mayoría de las ciudades de Canindeyú, Amambay, Itapúa y Alto Paraná, parece un espejismo reluciente en medio del desierto de tierra roja y de verdes océanos de soja, uno de los nuevos polos de desarrollo de Canindeyú, donde la ganadería y la soja mueven mucho dinero, pero principalmente lo hacen el contrabando de cigarrillos y el narcotráfico.
En poco más de medio siglo, el Paraguay perdió más del 80% de su superficie boscosa, reemplazada por pasturas extensivas para cría de ganado y cultivos mecanizados de soja, maíz, girasol y trigo.
Desde 1945, de las 8.300.000 hectáreas de bosques que cubrían la superficie del país, parte del Bosque Atlántico, hoy quedan poco más de un millón de hectáreas, según el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF, por sus siglas en inglés).
En la zona del Chaco Paraguayo, la deforestación alcanza un volumen de mil hectáreas de bosques talados en forma diaria, como revela una investigación de la organización no gubernamental Guyra Paraguay realizada en octubre de 2015. La misma indica que en las últimas 5 décadas, de cada 10 árboles que existían en el país, 9 han desaparecido.
Paralelamente, el Paraguay se convirtió en el sexto productor mundial de soja y en el cuarto exportador de esta oleaginosa. En poco más de 10 años, se duplicó la superficie de cultivo del grano, hasta duplicar el 80% de la superficie destinada a la agricultura. En el periodo 2014/2015 se llegaron a sembrar 3.264.480 hectáreas de soja, que arrojaron una producción de 8.004.858 toneladas.
Otra de las actividades productivas que ha tenido un acelerado crecimiento es la ganadería. En el 2015, Paraguay poseía 14.216.256 cabezas de ganado bovino y en 2014 exportó carne por 1.386.242.384 dólares, ubicándose como sexto exportador mundial de carne, desplazando al Uruguay.
Estas cifras exhibidas por los últimos gobiernos y por clase empresarial como pruebas del gran crecimiento macro-económico contrastan con otras, como las que revelan que uno de cada tres paraguayos en las zonas rurales vive al borde de la extrema pobreza, o que el país está ubicado en en el puesto 111° del Índice de Desarrollo Humano, de un total de 186 países.
En aquel reportaje realizado desde la clandestinidad periodística, Eduardo Galeano lo había anticipado.

La atracción mágica por el Paraguay
Tras la caída de la dictadura de Stroessner en 1989, el Paraguay inició un azaroso proceso de transición a la democracia, en donde la fuerza política que avaló a la tiranía durante 35 años, el Partido Colorado, simplemente se reconvirtió y siguió gobernando con un discurso levemente modificado, rescatando a algunas de sus figuras que habían estado exiliadas o perseguidas para dar una imagen de cambios cosméticos.
El periodo de liberalización permitió, sin embargo, importantes avances y cambios, como la victoria electoral de un movimiento ciudadano de centro izquierda en el municipio de Asunción, que en una de sus acciones culturales invitó al escritor uruguayo Eduardo Galeano a visitar oficialmente el Paraguay en 1993.
Fue la tercera visita del autor de Las venas abiertas, esta vez ya no de manera oculta, sino como aclamado Visitante Ilustre, que mereció incluso una sesión de honor de la Junta Municipal y una lectura de textos a sala llena en el Teatro Municipal, acompañado de su mujer, Helena Villagra.
“Fue una declaración de amor de los paraguayos hacia Eduardo, y de Eduardo hacia el Paraguay, un reconocimiento a sus críticos y valiosos estudios sobre la historia paraguaya, como a sus bellos textos sobre los mitos guaraníes”, recuerda uno de sus mejores amigos paraguayos, el crítico de arte, ensayista y ex ministro de cultura, Ticio Escobar.
En aquella conferencia ante una multitud, Galeano confesó que sentía una atracción mágica hacia el Paraguay, como en el pasado la habían sentido varios otros extranjeros, entre ellos el escritor español Rafael Barrett o el antropólogo alemán Kurt Nimuendayu Unkel, cuyas historias el autor leyó desde algunos pasajes de Memoria del Fuego, pero sobre todo el de su héroe histórico más admirado, el general uruguayo José Gervasio Artigas, quien eligió a este país como su último rincón en el mundo para exiliarse y vivir en paz hasta el día de su muerte, durante el gobierno de su antes enemigo, el prócer de la Independencia y dictador supremo, José Gaspar Rodríguez de Francia.
En todos estos años, desde la distancia, Eduardo siguió acompañando las idas y venidas del proceso político paraguayo y cada tanto nos regalaba alguna nueva historia esencial en la que mencionaba las claves de nuestro país, de esas que ayudan a reconocer las raíces y la identidad.
En 2008, cuando se produjo la victoria electoral del ex obispo Fernando Lugo, al frente de una alianza liberal y de izquierda, desalojando del poder al Partido Colorado tras casi 60 años de permanencia, Galeano quiso venir a participar de la fiesta popular en el acto de asunción de mando, junto a figuras como el poeta nicaragüense Ernesto Cardenal o el teólogo brasileño Leonardo Boff.
Fue en una de esas noches cuando le pidió al cantautor paraguayo Ricardo Flecha que le regale su canción más preferida, la guarania Reservista Purahei.
Con versos en guaraní del poeta Félix Fernández y música del compositor Agustín Barboza, es la historia de un combatiente de la Guerra del Chaco (contra Bolivia, 1932-1935) que regresa a casa luego de tres años en el frente, para enterarse que su esposa, abrumada por la soledad estuvo varias veces a punto de irse con otros hombres, pero supo resistir y esperarlo.
Eduardo le dijo a Ricardo Flecha que esa era “la canción más dulce” que había escuchado en la vida, tanto por la sonoridad de los versos en guaraní, como por la belleza de su letra y la perfección de su melodía.
“Ahora ya me puedo morir tranquilo”, le había dicho también, en una anterior visita al propio autor de la canción, el maestro Agustín Barboza, cuando este lo sorprendió al cantársela en una serenata, en complicidad con Ticio Escobar.
Aquella alegría que Galeano vino a compartir con sus amigos paraguayos, no duró mucho. El ex obispo Fernando Lugo encontró mucha resistencia para sus proyectos de cambio social por parte de sus adversarios y de sus propios aliados políticos, mayoritariamente conservadores. Lugo también cometió muchos errores políticos, los que fueron debilitando la escasa base de sustentación que tenía, hasta que acabó desalojado del poder por un golpe parlamentario en 2012.

Curuguaty y Ayotzinapa: los frutos de la injusticia
En la cultura botánica del pueblo originario guaraní en Paraguay existe un fruto llamado kurugua (Sicana odorífera), que es una especie de calabaza, de la familia de las cucurbitáceas, de fruto cilíndrico, parecido al de la berenjena en su aspecto y color, aunque más grande. Cuando el fruto aún está verde, es comestible, pero una vez madurado se vuelve ácido.
Al lugar donde existen abundantes plantas de kurugua, se lo llama kuruguaty (bosque de calabazas). Así nació el nombre de la actual ciudad de Curuguaty (que al igual que todos los nombres geográficos mantiene oficialmente la escritura con c, del guaraní más antiguo, por más que la grafía haya cambiado), a 252 kilómetros al norte de Asunción, en el departamento de Canindeyú.
Paralelamente, en la cultura botánica del pueblo originario náhuatl de México existe un fruto llamado ayotzin, que es también una especie de calabaza pequeña, de la misma familia de las cucurbitáceas. La fruta es considerada venenosa para el consumo, pero su savia es medicinal y se utiliza para curar enfermedades de piel, como la sarna y la lepra.
Al lugar donde existen abundantes plantas de ayotzin se lo llama ayotzinapa (río de calabacitas). Así nació el nombre de la actual localidad de Ayotzinapa, en el estado mexicano de Guerrero.
Curuguaty y Ayotzinapa son dos lugares geográficos muy distantes entre sí, pero que están unidos no solamente por formas de denominación de origen parecidas, sino porque ambas se han vuelto símbolos de trágicas historias que conmueven más allá de sus fronteras.
Ambas regiones también han estados unidas por la constante preocupación y los gestos de solidaridad que sus historias generaron en Eduardo Galeano, en sus últimos años de vida, tejiendo un invisible lazo con él, desde Montevideo hasta Paraguay y México.
Curuguaty, en Canindeyú, es la misma región en donde se encuentra la comunidad indígena Aché de Kuetuvy, de la lideresa Margarita Mbywangi.
Es también la región otrora boscosa y actualmente cubierta por mares de cultivos de soja mecanizada que Galeano había visitado en 1972, en su segundo viaje al Paraguay, cuando supo anticipar con asombrosa clarividencia periodística el panorama de “tierra arrasada” que iba a extenderse en los años siguientes, de la mano de los grandes empresarios rurales del llamado agro-negocio y sus socios políticos.
En Curuguaty primero hubo un confuso episodio en junio de 2012, durante un intento de desalojo de campesinos paraguayos que ocupaban una gran fracción de tierra, la finca Campos Morombi, más conocida como Marina Kue, cuya propiedad se atribuía a Blas Niño Riquelme, un rico empresario que estuvo ligado a la dictadura del general Alfredo Stroessner, pero en realidad seguían siendo tierras que la antigua empresa yerbatera La Industrial Paraguaya donó en los años 60 al Estado, de las que nunca se hizo la escritura de traspaso.
El empresario Riquelme se apropió indebidamente de las tierras y manipuló al corrupto sistema judicial paraguayo para intentar desalojar a los campesinos que la ocupaban, movilizando a un ejército de policías, pero el episodio terminó en una trágica masacre en donde 17 personas (6 policías y 11 campesinos) murieron baleadas, en oscuras circunstancias que la Justicia no ha podido o no ha querido esclarecer, porque la investigación oficial estaba plagada de irregularidades y de vicios, con una clara intencionalidad política.
La llamada “masacre de Curuguaty” generó en su momento una grave crisis política, que fue aprovechada por los principales partidos políticos conservadores para cuestionar la autoridad del presidente Fernando Lugo, someterlo a un juicio político abreviado, que duró menos de 48 horas en el Congreso, y que derivó en la destitución del mandatario, el 15 de junio de 2012, en un proceso que la mayoría de los analistas denominan como “golpe blando” o “golpe parlamentario”.
En su lugar asumió el vicepresidente Federico Franco, del Partido Liberal, que completó el periodo de más de un año de gobierno que le quedaba a Lugo, y que estuvo salpicado por varios casos de corrupción, abriendo las puertas para que en 2013 pueda retornar al poder el Partido Colorado, de la mano del empresario Horacio Cartes.
En octubre de 2014, en la misma región de Curuguaty, un intendente municipal de la vecina ciudad de Ypejhú, ligado a la mafia del narcotráfico y al gobernante Partido Colorado, ordenó –según la investigación oficial– el asesinato del periodista Pablo Medina, generando otra grave conmoción. Fue cuando la sociedad paraguaya descubrió que existía la llamada “narcopolítica”, que se estaba adueñando de amplias zonas geográficas, cuyas ramificaciones llegaban a varios organismos del Estado, incluyendo al Poder Ejecutivo.
Fue poco después de que en la región mexicana de Ayotzinapa, también con una larga tradición de lucha social contra las injusticias, en setiembre de 2014, un alcalde de la vecina ciudad de Iguala, ligado a la mafia del narcotráfico, ordenara –según la investigación oficial– el asesinato y la desaparición de 43 estudiantes normalistas.
Estos dos casos, el de Ayotzinapa y el de Curuguaty, fueron temas que desvelaron a Eduardo Galeano, ambas heridas abiertas como las venas de América Latina
El escritor se pronunció sobre el caso en varias oportunidades y en sus últimas comunicaciones con sus amigos paraguayos dejaba transmitir una particular obsesión por la suerte del movimiento social paraguayo, principalmente indígena y campesino, ante la nueva ofensiva conservadora. “No dejen que les roben la esperanza”, era su exhortación más insistente.
El crítico Ticio Escobar fue uno de los que le ponía al tanto sobre la azarosa realidad paraguaya. Ticio sabía que Eduardo estaba ya en una dura batalla contra el cáncer, pero la comunicación con él siempre le resultaba jocosa.
“En uno de sus mensajes, Eduardo me dijo que iba a luchar contra el cáncer, aunque le cueste la vida”, recuerda Ticio.
El cantautor Ricardo Flecha también compartió la angustia y a la vez el obstinado optimismo de su amigo y admirado maestro.
“Eduardo sabía que esto era simplemente parte de un ciclo, que el pueblo guaraní vive una marcha constate entre muertes y resurrecciones. De eso hablamos varias veces”, cuenta el músico, quien le hizo llegar a Montevideo su último proyecto artístico, El canto de los karai, una colección de tres discos en los que relabora en lengua guaraní la música de grandes trovadores de la canción social, Violeta Parra, Chico Buarque, Silvio Rodríguez, Mercedes Sosa, Teresa Parodi, Alfredo Zitarrosa, Victor Heredia, Joan Manuel Serrat, Luis Eduardo Aute, León Gieco, Atahualpa Yupanqui, John Lennon, Rubén Blades, entre otros, grabando personalmente a dúo con algunos de ellos y ellas.

Un gran karai de la cultura latinoamericana
La voz de Eduardo Galeano, leyendo su propio texto “El lenguaje”, abre el primer disco de El canto de los karai.
Es un relato tomado de los mitos ancestrales guaraníes recopilados por el antropólogo León Cadogan y que fue reelaborado por el escritor uruguayo para el primer tomo de Memorias del Fuego.
“Mi proyecto artístico es un homenaje a los karai, que eran los magos de la palabra en la cultura guaraní, los que iban por los caminos señalando lo que estaba mal y anunciando un tiempo mejor, el mito del Yvy maranaey, la tierra sin mal. Para mí Eduardo Galeano es uno de los más grandes karai de la cultura latinoamericana, por eso lo invité a formar parte del primer disco y él aceptó con mucha generosidad”, destaca Ricardo Flecha.
De mano del cantautor, la voz de Galeano ha recorrido de nuevo el Paraguay, desde grandes conciertos en salas y teatros, hasta festivales populares en asentamientos campesinos y en comunidades indígenas.
Así lo pudo escuchar a lideresa aché Margarita Mbywangi, quien llegó a saludar personalmente al escritor cuando fue ella fue integrantes del gabinete del presidente Fernando Lugo. Tanto al leerlo como al escucharlo, ella se reconoce: “Es nuestra voz”.
A Margarita, a Ricardo, a Ticio y a todos sus amigos paraguayos hubiera gustado poder contarle a Eduardo que la lucha sigue, que las comunidades campesinas e indígenas están en pie de resistencia, a pesar de los golpes y de las caídas, construyendo nuevas utopías.
Les hubiera gustado que Eduardo comparta desde la distancia la mayor movilización estudiantil en la historia del país, la que se produjo en setiembre de 2015, cuando miles de estudiantes de colegios secundarios y de la Universidad Nacional de Asunción tomaron las calles y luego las instalaciones de sus propias facultades, en respuesta a varias denuncias de corrupción de una rosca política y mafiosa, denunciadas en la prensa.
La llamada “primavera estudiantil” obligó al procesamiento judicial, a la renuncia y al encarcelamiento del rector, además de varios decanos y funcionarios, forzando además la intervención de un ejército de fiscales y jueces.
La revuelta, bautizada con el nombre #UNAnotecalles (por ser el hastagh o etiqueta que los estudiantes propagaron en las redes sociales en internet), ha derivado en la destitución, investigación o procesamiento de cerca de un millar de autoridades y funcionarios de la universidad, considerados “planilleros”, y se ha multiplicado igualmente en otras universidades, como en otros segmentos de la sociedad paraguaya. Los estudiantes han conquistado el control de varias instancias de gobierno universitario y actualmente discuten la reforma de estatutos para lograr un manejo más democrático de sus casas de estudio.
Según varios analistas, el efecto de la revuelta estudiantil –con gran apoyo de la ciudadanía y gran difusión en los medios de comunicación– tuvo su efecto clave en las elecciones municipales de noviembre de 2015, en donde el oficialista Partido Colorado perdió el gobierno de importantes ciudades, entre ellas el de la capital Asunción, donde triunfó una coalición liberal y de izquierda, luego de casi dos décadas.
La tierra paraguaya sigue sangrando, como hace 44 años lo percibió Galeano, en aquella primera visita de incógnito. Pero, cada vez más, esa sabia escarlata que sigue fluyendo en medio del verde ya no es sólo de dolor y de agonía, sino es también de vida, de lucha, de esperanza y dignidad.
Ahora es casi abril de 2016 y Ricardo Flecha acaricia su guitarra, dispuesto a una ceremonia de homenaje al karai, al gran maestro y querido amigo, a un año de su ausencia física.
En la mesa hay una copa servida con buen vino, que nadie toca.
Ricardo canta Reservista Purahei, la guarania tan amada por Eduardo, y su voz se quiebra por momentos.
Luego el artista deja su guitarra y va hasta el equipo de sonido en un costado de la sala.
De un estante próximo extrae el álbum con los tres discos de El canto de los karai y toma el primero.
Lo ubica en la bandeja y oprime play.
En la sala hay un silencio profundo y luego la voz grave de Eduardo Galeano lo llena todo:
“El Padre Primero de los Guaraníes se irguió en la oscuridad, iluminado por los reflejos de su propio corazón, y creó las llamas y la tenue neblina. Creó el amor, y no tenía a quién dárselo.
Creó el lenguaje, pero no había quién lo escuchara.
Entonces, encomendó a las divinidades que construyeran el mundo, y que se hicieran cargo del fuego, la niebla, la lluvia y el viento. Y les entregó la música y las palabras del himno sagrado, para que dieran vida a las mujeres y a los hombres.
Así el amor se hizo comunión, el lenguaje cobró vida y el Padre Primero redimió su soledad.
Él acompaña a los hombres y las mujeres que caminan y cantan:
-¡Ya estamos pisando esta tierra! ¡Ya estamos pisando esta tierra reluciente…!”
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Apuntes sobre el libro
El libro “Eduardo Galeano, un ilegal en el paraíso” fue publicado en Montevideo, en marzo de 2016, por la prestigiosa editorial Siglo XXI. Es un proyecto del escritor y poeta uruguayo Roberto López Belloso, actual editor de Le Monde Diplomatique -Uruguay, quien convocó a cronistas de varios países de Iberoamérica a que escriban crónicas sobre el autor de “Las venas de América Latina”, desde sus perspectivas, como un homenaje a un año de su fallecimiento.
Dice la reseña del libro: “Eduardo Germán María Hughes Galeano nació en 1940. De niño siempre quiso ser santo o futbolista, pero una crisis existencial, a los 19 años, cambió drásticamente su destino. Aquel joven cristiano, con aspiraciones deportistas, se despojó de viejas ataduras para convertirse en Eduardo Galeano periodista, anticlerical, apasionado, indignado, en el patadura que abrazó la causa de los ‘nadies’ y se volcó de lleno a establecer un vínculo de amor profundo con la realidad latinoamericana. Luego, no hubo injusticia en esta Tierra que le fuera indiferente. El presente libro se propone contarnos quién fue Galeano, esa figura tan intensa como fascinante que cultivó la amistad con Fidel Castro y Salvador Allende, que frecuentó al subcomandante Marcos en Chiapas y vibró con Nicaragua en plena revolución. Pero los afectos no le impidieron ‘criticar de frente y elogiar por la espalda’. Lejos de la apología, en este volumen se reúne a los mejores cronistas de la región y amigos entrañables como Serrat, Poniatowska y Salgado, quienes nos sumergen en su universo reconstruyendo la imagen poco conocida hasta ahora de un Galeano íntimo, pero, además, la vida de un viajero infatigable, repleta de proyectos, militancia y aventuras. También nos llevan por los grandes temas de su obra (el amor, la política, la esperanza y, por supuesto, el fútbol) y por el modo particular en que sus textos resuenan todavía hoy en cada país de América Latina. De manera arbitraria (como a él le gustaba), este libro traza magistralmente el perfil de uno de los escritores más queridos por el gran público, y recorre una región que él supo contar como nadie”.
En Paraguay, el libro se puede conseguir en Librería de la Paz. También se pueden obtener en plataformas en internet, como el sitio Amazon.
